Los tres mosqueteros (Alejandro Dumas) - pág.35
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El señor de Tréville quedó sorprendido hasta el extremo. Tanta penetración, tanta franqueza, en fin, le causaba admiración, pero no disipaba enteramente sus dudas; cuanto más superior fuera este joven a los demás, tanto más era de temer si se engañaba. Sin embargo, apretó la mano de D´Artagnan, y le dijo:
-Sois un joven honesto, pero en este momento no puedo hacer nada por vos más que lo que os he ofrecido hace un instante. Mi palacio estará siempre abierto para vos. Más tarde, al poder requerirme a todas horas y por tanto aprovechar todas las ocasiones, obtendréis probablemente lo que deseáis obtener.
-Eso quiere decir, señor -prosiguió D´Artagnan-, que esperáis a que vuelva digno de ello. Pues bien, estad tranquilo, -añadió con la familiaridad del gascón-, no esperaréis mucho tiempo.
Y saludó para retirarse como si el resto corriese en adelante de su cuenta.
-Pero esperad -dijo el señor de Tréville deteniéndolo-, os he prometido una carta para el
director de la Academia. ¿Sois demasiado orgulloso para aceptarla, mi joven gentilhombre?
-No, señor -dijo D´Artagnan-; os respondo que no ocurrirá con esta como con la otra. La guardaré tan bien que os juro que llegará a su destino, y ¡ay de quien intente robármela!
El señor de Tréville sonrió ante esa fanfarronada y, dejando a su joven compatriota en el vano de la ventana, donde se encontraba y donde habían hablado juntos, fue a sentarse a una mesa y se puso a escribir la carta de recomendación prometida. Durante ese tiempo, D´Artagnan, que no tenía nada mejor que hacer, se puso a batir una marcha contra los cristales, mirando a los mosqueteros que se iban uno tras otro, y siguiéndolos con la mirada hasta que desaparecían al volver la calle.
El señor de Tréville, después de haber escrito la carta, la selló y, levantándose, se acercó al joven para dársela; pero en el momento mismo en que D´Artagnan extendía la mano para recibirla, el señor de Tréville quedó completamante estupefacto al ver a su protegido dar un salto, enrojecer de cólera y lanzarse fuera del gabinete gritando:
-¡Ah, maldita sea! Esta vez no se me escapará.
-¿Pero quién? -preguntó el señor de Tréville.
-¡El, mi ladrón! -respondió D´Artagnan-. ¡Ah, traidor!
Y desapareció.
-¡Diablo de loco! -murmuró el señor de Tréville-. A menos -añadió-que no sea una manera astuta de zafarse, al ver que ha marrado su golpe.
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