Los tres mosqueteros (Alejandro Dumas) - pág.33
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-Decidme -repuso-, ¿no tenía ese gentilhombre una ligera cicatriz en la sien?
-Sí, como lo haría la rozadura de una bala.
-¿No era un hombre de buen aspecto?
-Sí.
-¿Y de gran estatura?
-Sí.
-¿Pálido de tez y moreno de pelo?
-Sí, sí, eso es. ¿Cómo es, señor, que conocéis a ese hombre? ¡Ah, si alguna vez lo encuentro, y os juro que lo encontraré, aunque sea en el infierno...!
-¿Esperaba a una mujer? -prosiguió Tréville.
-Al menos se marchó tras haber hablado un instante con aquella a la que esperaba.
-¿No sabéis cuál era el tema de su conversación?
-El le entregaba una caja, le decía que aquella caja contenía sus instrucciones, y le recomendaba no abrirla hasta Londres.
-¿Era inglesa esa mujer?
-La llamaba Milady.
-¡El es! -murmuró Tréville-. ¡El es! Y yo le creía aún en Bruselas.
-Señor, sabéis quién es ese hombre -exclamó D´Artagnan-. Indicadme quién es y dónde está, y os libero de todo, incluso de vuestra promesa de hacerme ingresar en los mosqueteros; porque antes que cualquier otra cosa quiero vengarme.
-Guardaos de ello, joven -exclamó Tréville-; antes bien, si lo veis venir por un lado de la calle, pasad al otro. No os enfrentéis a semejante roca: os rompería como a un vaso.
-Eso no impide -dijo D´Artagnan- que si alguna vez lo encuentro...
-Mientras tanto -prosiguió Tréville-, no lo busquéis, si tengo algún consejo que daros.
De pronto Tréville se detuvo, impresionado por una sospecha súbita. Aquel gran odio que manifestaba tan altivamente el joven viajero por aquel hombre que, cosa bastante poco verosímil, le había robado la carta de su padre, aquel odio ¿no ocultaba alguna perfidia? ¿No le habría sido enviado aquel joven por Su Eminencia? ¿No vendría para tenderle alguna trampa? Ese presunto D´Artagnan ¿no sería un emisario del cardenal que trataba de introducirse en su casa, y que le habían puesto al lado para sorprender su confianza y para perderlo más tarde, como mil veces se había hecho? Miró a D´Artagnan más fijamente aún que la vez primera. Sólo se tranquilizó a medias por el aspecto de aquellá fisonomía chispeante de ingenio astuto y de humildad afectada.
«Sé de sobra que es gascón -pensó-. Pero puede serlo tanto para el cardenal como para mí. Veamos, probémosle.»
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