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Los tres mosqueteros (Alejandro Dumas) - pág.23

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D´Artagnan, algo recuperado de su primera sorpresa, tuvo entonces la oportunidad de estudiar un poco las costumbres y las fisonomías.
En el centro del grupo más animado había un mosquetero de gran estatura, de rostro altanero y una extravagancia de vestimenta que atraía sobre él la atención general. No llevaba, por de pronto, la casaca de uniforme, que, por lo demás, no era totalmente obligatoria en aquella época de libertad menor pero de mayor independencia, sino una casaca azul celeste, un tanto ajada y raída, y sobre ese vestido un tahalí magnífico, con bordados de oro, que relucía como las escamas de que el agua se cubre a plena luz del día. Una capa larga de terciopelo carmesí caía con gracia sobre sus hombros, descubriendo solamente por delante el espléndido tahalí, del que colgaba un gigantesco estoque.
Este mosquetero acababa de dejar la guardia en aquel mismo instante, se quejaba de estar constipado y tosía de vez en cuando con afectación. Por eso se había puesto la capa, según decía a los que le rodeaban, y mientras hablaba desde lo alto de su estatura retorciéndose des­deñosamente su mostacho, admiraban con entusiasmo el tahalí bordado, y D´Artagnan más que ningún otro.
-¿Qué queréis? -decía el mosquetero-. La moda lo pide; es una locura, lo sé de sobra, pero es la moda. Por otro lado, en algo tiene que emplear uno el dinero de su legítima.
-¡Ah, Porthos! -exclamó uno de los asistentes-. No trates de hacernos creer que ese tahalí te viene de la generosidad paterna; te lo habrá dado la dama velada con la que te encontré el otro domingo en la puerta Saint-Honoré.
-No, por mi honor y fe de gentilhombre: lo he comprado yo mismo, y con mis propios dineros -respondió aquel al que acababan de designar con el nombre de Porthos.
-Sí, como yo he comprado -dijo otro mosquetero- esta bolsa nueva con lo que mi amante puso en la vieja.
-Es cierto -dijo Porthos-, y la prueba es que he pagado por él doce pistolas.
La admiración acreció, aunque la duda continuaba existiendo.
-¿No es así, Aramis? -dijo Porthos volviéndose hacia otro mosquetero.
Este otro mosquetero hacía contraste perfecto con el que le inte rrogaba y que acababa de designarle con el nombre de Aramis: era éste un joven de veintidós o veintitrés años apenas, de rostro ingenuo y dulzarrón, de ojos negros y dulces y mejillas rosas y aterciopeladas como un melocotón en otoño; su mostacho fino dibujaba sobre su labio superior una línea perfectamente recta; sus manos parecían temer bajarse, por miedo a que sus venas se hinchasen, y de vez en cuando se pellizcaba el lóbulo de las orejas para mantenerlas de un encarnado tierno y transparente.


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