Los tres mosqueteros (Alejandro Dumas) - pág.21
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Cuando había pasado un grupo, entonces respiraba con más libertad; pero comprendía que se volvían para mirarlo y, por primera vez en su vida, D´Artagnan, que hasta aquel día había tenido una buena opinión de sí mismo, se sintió ridículo.
Llegado a la escalinata, fue peor aún; en los primeros escalones había cuatro mosqueteros que se divertían en el ejercicio siguiente, mientras diez o doce camaradas suyos esperaban en el rellano a que les tocara la vez para ocupar plaza en la partida.
Uno de ellos, situado en el escalón superior, con la espada desnuda en la mano, impedía o al menos se esforzaba por impedir que los otros tres subieran.
Estos tres esgrimían contra él sus espadas agilísimas. D´Artagnan tomó al principio aquellos aceros por floretes de esgrima, los creyó botonados; pero pronto advirtió por ciertos rasguños que todas las armas estaban, por el contrario, afiladas y aguzadas a placer, y con cada uno de aquellos rasguños no sólo los espectadores sino incluso los actores reían como locos.
El que ocupaba el escalón en aquel momento mantenía a raya maravillosamente a sus adversarios. Se hacía círculo en torno a ellos; la condición consistía en que a cada golpe el tocado abandonara la partida, perdiendo su turno de audiencia en beneficio del tocador. En cinco minutos, tres fueron rozados, uno en el puño, otro en el mentón, otro en la oreja, por el defensor del escalón, que no fue tocado -destreza que le valió, según las condiciones pactadas, tres turnos de favor.
Aunque no fuera difícil, dado que quería ser asombrado, este pasatiempo asombró a nuestro joven viajero; en su provincia, esa tierra donde sin embargo se calientan tan rápidamente los cascos, había visto algunos preliminares de duelos, y la gasconada de aquellos cuatro jugadores le pareció la más rara de todas las que hasta entonces había oído, incluso en Gascuña. Se creyó transportado a ese país de gigantes al que Gulliver fue más tarde y donde pasó tanto miedo, y sin embargo no había llegado al final: quedaban el rellano y la antecámara.
En el rellano no se batían, contaban aventuras con mujeres, y en la antecámara historias de la corte. En el rellano, D´Artagnan se ruborizó; en la antecámara, tembló. Su imaginación despierta y vagabunda, que en Gascuña le hacía temible a las criadas a incluso alguna vez a las dueñas, no había soñado nunca, ni siquiera en esos momentos de delirio, la mitad de aquellas maravillas amorosas ni la cuarta parte de aquellas proezas galantes, realzadas por los nombres más conocidos y los detalles menos velados.
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