Los tres mosqueteros (Alejandro Dumas) - pág.15
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-¡Mi carta de recomendación! -gritaba D´Artagnan-. ¡Mi carta de recomendación, por todos los diablos, a os ensarto a todos como a hortelanos!
Desgraciadamente, una circunstancia se oponía a que el joven cumpliera su amenaza; y es que, como ya lo hemos dicho, su espada se había roto en dos trozos durante la primera refriega, cosa que él había olvidado por completo. Y de ello resultó que cuando D´Artagnan quiso desenvainar, se encontró armado pura y simplemente con un trozo de espada de ocho o diez pulgadas más o menos, que el hostelero había encasquetado cuidadosamente en la vaina. En cuanto al resto de la hoja, el chef la había ocultado hábilmente para hacerse una aguja mechera.
Sin embargo, esta decepción no hubiera detenido probablemente a nuestro fogoso joven, si el huésped no hubiera pensado que la reclamación que le dirigía su viajero era perfectamente justa.
-Pero, en realidad -dijo bajando su chuzo-, ¿dónde está esa carta?
-Sí, ¿dónde está esa carta? -gritó D´Artagnan-. Os prevengo ante todo que esa carta es para el señor de Tréville, y que es preciso que aparezca; porque si no aparece él sabrá de sobra hacerla aparecer.
Esta amenaza acabó por intimidar al hostelero. Después del rey y del señor cardenal, el señor de Tréville era el hombre cuyo nombre era quizá el repetido con más frecuencia por los militares a incluso por los burgueses. También estaba el padre Joseph cierto; pero su nombre a él nunca le era pronunciado sino en voz baja, ¡tan grande era el terror que inspiraba la eminencia gris, como se llamaba al familiar del cardenal!
Por eso, arrojando su chuzo lejos de sí, y ordenando a su mujer hacer otro tanto con su mango de escoba y a sus servidores con sus bastones, fue el primero que dio ejemplo en buscar la carta perdida.
-¿Es que esa carta encerraba algo precioso? -preguntó el hoste lero al cabo de un instante de investigaciones inútiles.
-¡Diablos! ¡Ya lo creo! -exclamó el gascón, que contaba con aquella carta para hacer su carrera en la corte-. Contenía mi fortuna.
-¿Bonos contra el Tesoro? -preguntó el hostelero inquieto.
-Bonos contra la tesorería particular de Su Majestad -respondió D´Artagnan que, contando con entrar en el servicio del rey gracias a esta recomendación, creía poder dar aquella respuesta algo aventurada sin mentir.
-¡Diablos! -dijo el hostelero completamente desesperado.
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