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La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.496

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Página 496 de 497


-¡Oh! -respondió el interrogado -. Una gran desgracia, señor. Una bella joven acaba de ser asesinada por su marido, que había recibido un anónimo advirtiéndole que su esposa estaba con su amante.
-¿Y el marido dónde está? -gritó Enrique.
-Se ha escapado.
-¿Y la mujer?
-Allí.
-¿Muerta?
-Aún no, pero no vivirá mucho.
-¡Oh! -exclamó Enrique-. ¡Traigo la desgracia conmigo!
Sin pensarlo más se precipitó hacia la casa.
La alcoba estaba llena de gente agolpada alrededor de una cama sobre la cual estaba tendida la pobre Carlota, que había recibido dos puñaladas.
Su marido, que pudo disimular sus celos contra Enrique durante dos años, había aprovechado aquella ocasión para vengarse de ella.
-¡Carlota! ¡Carlota! -exclamó Enrique, dispersando a la muchedumbre y arrodillándose junto al lecho.
Carlota abrió sus hermosos ojos ya velados por la muerte, dio un grito que hizo que brotara la sangre por sus dos heridas y, haciendo un esfuerzo para incorporarse, dijo:
-¡Oh! Ya sabía que no me moriría sin volver a verte.
En efecto, como si hubiera esperado hasta aquel momento para entregar su alma a Enrique, que tanto la había amado, apoyó sus labios sobre la frente del rey de Navarra y, diciendo por última vez «te amo», cayó muerta.
Enrique no podía permanecer allí por más tiempo.
Sacó su puñal, cortó un rizo de aquellos hermosos cabe llos rubios que tantas veces había acariciado recorrién dolos a todo lo largo, y salió sollozando en medio de las lamentaciones de los presentes, que no sospechaban que su llanto se sumaba a tan grandes infortunios.
-¡Amigos míos -exclamó Enrique desesperado -, todo me abandona, todo me deja, todo me falta al mismo tiempo...!
-Sí, señor-le dijo en voz baja un hombre que se había apartado del grupo de curiosos reunidos ante la casita y le había seguido-; os falta todo, pero tenéis un trono.
-¡Renato! -exclamó Enrique.
-Sí, señor. Renato que vela por vos. Ese miserable, al morir, os ha nombrado. Se sabe que os halláis en París y los arqueros os busca n. ¡Huid! ¡Huid!...
-¿Y dices que seré rey, Renato? ¡Un fugitivo!
-Mirad, señor -dijo el florentino, mostrando al rey una estrella que resplandecía entre los sombríos plie­gues de un negro nubarrón-. No soy yo quien lo dice, es ella.
Enrique lanzó un suspiro y desapareció en la oscuridad.


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