La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.495
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-¡Cuidado, cuidado! -gritó Enrique.
De Mouy dio un salto hacia atrás, dejando su espada en el cuerpo de Maurevel, ya que uno de los solda
dos iba a disparar sobre él a quemarropa. Al mismo tiempo, Enrique atravesaba con su espada el cuerpo del
soldado, que cayó junto a Maurevel con un grito.
Los otros dos se dieron a la fuga.
-¡Ven, De Mouy, ven! -exclamó Enrique -. ¡No perdamos un instante! ¡Si nos reconocieran, estaríamos perdidos!
-Esperad, señor, ¿creéis que voy a dejar mi espada en el cuerpo de ese miserable?
Se acercó a Maurevel, que yacía en apariencia muerto. Pero en el instante en que De Mouy ponía la mano en la empuñadura de su espada, que atravesaba efectivamente el cuerpo de Maurevel, éste se incorporó, armado con el mosquete que el soldado había dejado caer, y a boca de jarro disparó, matando de un balazo en el pecho a De Mouy. El joven hugonote cayó sin dar siquiera un grito. Su muerte fue instantánea. Enrique se precipitó sobre Maurevel, pero éste acababa también de morir. Su espada sólo hirió a un cadáver.
Era necesario huir. La pelea había atraído a gran número de curiosos y la ronda nocturna podía acudir. Enrique buscó entre los espectadores alguna cara conocida y encontró a maese La Hurière.
Como la escena tenía lugar al lado de la Croix-du Trahoir, es decir, frente a la calle de l´Arbre-Sec, nuestro antiguo amigo, cuyo humor ya de por sí sombrío, había empeorado singularmente desde la muerte de La Mole y de Coconnas, sus muy estimados huéspedes, había abandonado sus hornillos y sus cacerolas precisamente cuando preparaba la cena para Enrique, y acudió allí a enterarse de lo que pasaba.
-Mi querido La Hurière, os recomiendo a De Mouy, aunque me temo que poco podrá hacerse por él. Llevadle a vuestra casa y, si vive aún, no ahorréis nada para salvarlo, aquí tenéis mi bolsa. Al otro, dejadle en el arroyo para que se pudra como un perro.
-Pero ¿y vos? --dijo La Hurière.
-Yo tengo que despedirme de alguien. Dentro de diez minutos estaré en la posada. Preparad mis caballos.
Enrique salió corriendo hacia la casita de la Croixdes-Petits-Champs, pero al desembocar por la calle de Grenelle se detuvo espan tado.
-¿Qué ha sucedido en esta casa? -preguntó.
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