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La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.494

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Página 494 de 497


Cuando llegaban a la calle de Grenelle, se abrió una ventana de la casa y un hombre saltó desde el primer piso sobre la calle recién regada por la lluvia.
Aquel hombre era Enrique.
El silbido de De Mouy le había avisado el peligro y el tiro le había hecho suponer que el peligro era bas­tante grave. Por todo ello se sintió obligado a correr en ayuda de sus amigos.
Con audacia y valentía, se lanzó tras ellos espada en mano.
Un grito le sirvió para orientarse; provenía de la barrera de los Sargentos. Era Maurevel quien así gritaba, pues, viéndose acorralado por De Mouy pedía auxilio a sus hombres, que huían cada vez más asus tados.
Llegó un momento en que, para no ser herido por la espalda, Maurevel tuvo que hacer frente.
Al volverse halló la espada de su enemigo, pero arremetió con la suya tan hábilmente, que consiguió atra­
vesar la bandolera de su perseguidor. De Mouy no se amilanó y, contestando rápidamente, logró hundir de
nuevo su espada en el cuerpo de Maurevel, de modo que salió un doble chorro de sangre.
¡Ya le tienes! gritó Enrique al ver la escena-. ¡Ánimo, De Mouy!
El valiente hugonote no necesitaba en verdad que nadie le alentara. Ya se disponía a arremeter nueva-mente contra Maurevel, cuando éste, poniéndose la mano izquierda en la herida, emprendió una carrera a la desesperada.
-¡Mátale, mátale! -gritó el rey-. No le des tiempo a que se reúna con sus soldados, pues la rabia de unos cobardes puede acabar con la n obleza de quienes son
valientes.
Maurevel, cuyos pulmones parecían ir a estallar, atosigado y jadeante, corría escupiendo sangre por la
boca. De pronto cayó exhausto. En seguida se repuso y, sosteniéndose sobre una rodilla, recibió a De Mouy
con la punta de la espada.
-¡Amigos, amigos! -gritó Maurevel-. No son más que dos. ¡Disparad, disparad contra ellos!...
En efecto, Saucourt y Barthélemy se habían alejado por la calle de las Poleas en persecución de dos de los esbirros, y el rey y De Mouy se hallaban solos ante cuatro hombres.
-¡Fuego! -vociferaba Maurevel, mientras uno de sus soldados preparaba su mosquete.
-Sí, fuego, pero antes muere, traidor, muere, miserable -dijo De Mouy-. ¡Muere como un condenado asesino!
Y cogiendo con una mano la afilada espada de Maurevel, con la otra hundió la suya hasta la empuñadura en el pecho de su enemigo, con tanta fuerza, que le dejó clavado en el suelo.


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