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La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.493

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Página 493 de 497


Como la víspera, irían a acompañar a la señora de Sauve hasta el Louvre y luego se trasladarían a la calle de los Cerezos donde vivía Maurevel.
Precisamente De Mouy había sabido aquel día el sitio exacto donde vivía su enemigo.
Se habían despedido de Enrique haría poco más de una hora cuando vieron aparecer a un hombre seguido a pocos pasos por otros cinco. El que venía primero se acercó a la puerta de la casita donde estaba Enrique y probó abrirla valiéndose de varias llaves.
Al ver aquella operación, De Mouy, escondido tras un saliente de la casa vecina, llegó de un solo salto hasta donde estaba el hombre y cogiéndole de un brazo le dijo:
-¡Un momento! Aquí no se puede entrar.
El hombre dio un paso hacia atrás y, al hacer este movimiento, se le cayó el sombrero.
-¡De Mouy de Saint-Phale! -exclamó.
-¡Maurevel! -rugió el hugonote levantando su espada -. Te estaba buscando, conque gracias por venir a mi encuentro.
La cólera no le turbó lo bastante como para que se olvidara de Enrique, por lo cual, antes que nada, se volvió hacia la ventana y silbó a la manera de los pastores bearneses.
-Con esto basta -le dijo a Saucourt-. ¡Ahora voy por ti, asesino! ¡Atrévete!
Y diciendo esto se lanzó contra Maurevel.
Éste había tenido tiempo de sacar un a pistola del cinto.
-¡Ah! Esta vez -dijo el «asesino del rey» apun tando al joven - creo que morirás de veras.
Apretó el gatillo, pero De Mouy se inclinó hacia un lado y la bala pasó rozándole.
-Ahora me toca a mí -gritó el hugonote.
Aunque su espada fue a dar contra el cinturón de cuero de Maurevel, la estocada era tan violenta que la afilada punta atravesó el obstáculo y se hundió en la carne.
El asesino lanzó un grito salvaje, revelador de tan profundo dolor que los esbirros que le acompañaban le creyero n herido de muerte y huyeron aterrorizados hacia la calle de Saint-Honoré.
Maurevel no era valiente. Al verse abandonado por sus gentes ante un adversario como De Mouy, trató a su vez de escapar por el mismo camino que los otros gritando: «Socorro»
De Mouy , Saucourt y Barthélemy, llevados por el ardor del combate, salieron en su persecución.


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