La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.492
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Sólo la casualidad ha hecho que el galán sea precisamente el rey de Navarra, pero ¿quién hubiera podido suponer que era él cuando todo el mundo lo cree en Pau?
Maurevel miró con admiración a Catalina, saludó y se fue. Al mismo tiempo que Maurevel salía del palacio de Soissons, la señora de Sauve entraba en la casita de la Croix -des-Petits-Champs. Enrique la esperaba y tenía ya entreabierta la puerta del piso.
Al verla subir por la escalera le preguntó:
-¿No os han seguido?
-No, al menos que yo sepa.
-Es que me parece que a mí me han seguido y no solamente esta noche, sino durante toda la tarde.
-¡Oh! ¡Dios mío! Me asustáis, señor-dijo Carlota-; si este recuerdo que tenéis para una antigua amiga fuese causa de que os aconteciera algún mal, os aseguro que no podría consolarme nunca.
-No os apuréis, amiga mía -dijo el bearnés-; tenemos tres espadas que vigilan en la sombra.
-Tres son muy pocas, señor.
-Son bastantes cuando quienes las empuñan son De Mouy, Saucourt y Barthélemy.
-¿Está en París De Mouy?
-Naturalmente.
-¿Cómo se ha atrevido a volver a la capital? ¿Tiene acaso como vos alguna pobre mujer loca de amor por él?
-No, pero tiene un enemigo cuy a muerte ha jurado. Solamente el odio, querida, puede impulsarnos a hacer tantas tonterías como el amor.
-Gracias, señor.
-¡Oh! -exclamó Enrique -. No digo esto por las tonterías pasadas y por las venideras. Pero no nos en tretengamos en discutir, no tenemos tiempo que perder.
-¿Seguís pensando en marcharos?
-Sí, esta misma noche.
-¿Habéis concluido de hacer los asuntos que os trajeron a París?
-Ya sabéis que vine únicamente por vos.
-¡Qué galante!
-¡Por Dios! Es la pura verdad. Pero dejemos esto, pues aún me quedan, antes de separarnos para siempre, dos o tres horas para ser feliz.
-¡Ah, señor! -replicó la dama-. Lo único eterno es mi amor.
Acababa de decir Enrique que no tenía tiempo para discutir, de modo que no discutió. Creyó lo que le decía la señora de Sauve o, escéptico como era, fingió creer.
Entre tanto, como había dicho el rey de Navarra, De Mouy y sus dos compañeros estaban escondidos en las inmediaciones de la casa.
Se había convenido que Enrique saldría a media noche en lugar de hacerlo a las t res de la madrugada.
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