La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.491
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-¿Y adónde se dirigió
-A la calle de l´Arbre-Sec y, una vez en ella, a la posada de A la Belle Etoile, lugar donde se alojaban
aquellos dos hechiceros que Vuestra Majestad mandó decapitar el año pasado. -¿Por qué no vinisteis a avisarme en seguida? -Porque aún no estaba seguro de lo que os vengo a decir. -Mientras que ahora... -Ahora lo estoy por completo. -¿Le visteis? -Perfectamente. Me había escondido en la casa de un vendedor de vinos situada enfrente de aquella en
que le vi entrar el día anterior. Desde allí volví a verle entrar. Luego, como tardase la señora de Sauve, aso mó imprudentemente la cara tras los cristales de una ventana del primer piso. Ya no tuve duda alguna. Por otra parte, la señora de Sauve llegó un momento después.
-¿Y crees que estarán allí como anoch e hasta las tres de la madrugada
-Es probable que así hagan
-¿Dónde está la casa
-Cérca de la Croix -des-Petits -Champs, hacia Saint-Honoré
-Perfectamente-dijo Catalina-. ¿Conoce el señor de Sauve vuestra letra
-No
-Sentaos y escribid
Maurevel obedeció y cogiendo la pluma
-Estoy a vuestras órdenes, señora -dijo
Catalina le dictó lo siguiente
-«Mientras el barón de Sauve está de servicio en el Louvre, la señora baronesa se entretiene con un galán
amigo suyo en una casa próxima a la Croix -des-Petits-Champs, hacia Saint-Honoré. El señor de Sauve
podrá reconocer la casa por una cruz roja que estará pintada en la pared.» -¿Algo más? -preguntó Maurevel. -Haced una copia de esta carta -añadió Catalina. Maurevel obedeció sin replicar. -Ahora -dijo la reina-enviad con un mensajero de confianza una de estas cartas al barón de Sauve y
decidle que deje caer la otra en los pasillos del Louvre. -No comprendo -dijo Maurevel. Catalina se encogió de hombros. -¿No comprendéis que se enfade un marido que recibe semejante carta? -Me parece, señora, que en tiempos del rey de Navarra no se enfadaba. -Quien perdona algo a un rey, no tiene por qué perdonárselo a un simple galán. Por lo demás, si él no se
enfada, vos os enfadaréis por él. -¿Yo? -Sin duda. Lleváis cuatro hombres, seis si os hacen falta, os disfrazáis, derribáis la puerta como si fueseis
los enviados del barón, sorprendéis a los amantes en pleno idilio, matáis en nombre del rey y, al día siguiente, el billete perdido en el pasillo del Louvre, encontrado por alguna persona caritativa, que ya lo habrá hecho circular, demuestra que es el marido quien se ha vengado.
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