La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.490
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Bien podía permitirse el rey Enrique III este pequeño pasatiempo; ninguna preocupación grave le turbaba por el momento.
El bearnés estaba en Navarra por fin y, según decían los rumores, se interesaba mucho por una hermo sa muchacha de la noble familia de los Montmorency a la que llamaba la engañadora. Margarita estaba a su lado, triste y sombría, no hallando en la contemplación de las bellas montañas distracción alguna, pero sí un alivio a los dos grandes dolores de su vida: la ausencia y la muerte.
París estaba muy tranquilo y la reina madre, verdadera regente desde que su querido hijo Enrique era rey, vivía tan pronto en el Louvre como en el palacio de Soissons, situado en el lugar donde hoy se levanta el mercado de granos y del que sólo queda la elegante columna que puede verse en la actualidad.
Cierta noche se hallaba muy ocupada estudiando los astros en compañía de Renato, cuyas pequeñas traicio nes ignoró siempre y que ahora había recuperado su favor gracias al falso testimonio que tan oportunamente diera en el juicio contra Coconnas y La Mole, cuando fueron a avisarle que un hombre, al parecer portador de algún mensaje muy importante, la esperaba en el oratorio.
La reina descendió precipitadamente y se encontró con Maurevel.
-¡Está aquí! -exclamó el antiguo capitán de petarderos sin esperar, como lo exigía la etiqueta real, a que Catalina le dirigiera la palabra.
-¿Quién? -preguntó la reina madre.
-¿Quién queréis que sea, señora, sino el rey de Navarra?
-¿Aquí? -dijo Catalina- Él... aquí... Enrique... ¿Y qué viene a hacer el imprudente
-A juzgar por las apariencias, viene a ver a la señora de Sauve nada más, pero si profundizamos más,
descubriremos que a lo que viene es a conspirar contra el rey. -¿Y cómo sabéis que está aquí? -Ayer le vi entrar en una casa, y un momento después entró en la misma casa la señora de Sauve. -¿Estáis seguro que era él? -Estuve esperando hasta que salió, es decir, una buena parte de la noche. A las tres de la madrugada, los
dos amantes se separaron. El rey acompañó a la dama hasta la puerta del Louvre; al llegar allí, ella entró sin que nadie la molestase, sin duda porque tienen comprado al centinela, y él se fue cantando una canción con un andar tan seguro como si estuviese en sus montañas.
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