La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.489
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esperaba encontrar a De Mouy.
De pronto, al oír el galope de su caballo, algunos centinelas se volvieron gritando:
-¡Se escapa! ¡Se escapa!
-¿Quién? -preguntó la reina madre asom ándose a una ventana.
-¡El rey Enrique!´ ¡El rey de Navarra! -gritaron los centinelas.
-¡Fuego! -ordenó Catalina-. ¡Disparad contra él!
Los centinelas apuntaron con sus armas, pero Enrique estaba ya demasiado lejos.
-Huye -dijo Catalina-, luego está venc ido.
-Huye -murmuró el duque de Alençon-, luego yo soy rey.
En aquel mismo instante, y cuando Francisco y su madre se hallaban todavía asomados a la ventana, crujió el puente levadizo bajo el trote de varios caballos, y, precedido por un ruido de armas entró en el patio al galope un joven con el sombrero en la mano y gritando: « ¡Francia! » Venía seguido de cuatro gentiles hom bres cubiertos como él de sudor y de polvo.
-¡Mi hijo! -gritó Catalina extendiendo los brazos fuera de la ventana.
-¡Madre mía! -respondió el joven saltando del caballo.
-¡Mi hermano Enrique! -exclamó aterrado Francisco retrocediendo.
-¿Es demasiado tarde? -preguntó el duque de Anjou a su madre.
-Al contrario, y si Dios lo hubiese traído de la mano, no habrías llegado más a tiemp o; mira y escucha con atención.
El señor de Nancey, capitán de la guardia, salió al balcón del cuarto del rey.
Todas las miradas se dirigieron hacia él.
Rompió una vara en dos y con un trozo en cada mano extendió los brazos exclamando:
-¡El rey Carlos IX h a muerto! ¡El rey Carlos IX ha muerto! ¡El rey Carlos IX ha muerto!
Dicho esto, dejó caer los dos pedazos de la vara.
-¡Viva el rey Enrique III! -gritó entonces Catalina, persignándose con piadoso reconocimiento-. ¡Viva el rey Enrique III!
Todas las voces repitieron este grito, menos la del duque Francisco.
-¡Ah, se han burlado de mí! -dijo, clavándose las uñas en el pecho.
-¡Triunfé! -exclamó Catalina-. ¡Ese odioso bearnés no reinará!
XXXV
EPÍLOGO
Había transcurrido un año desde la muerte de Carlos IX y el advenimiento al trono de su sucesor.
El rey Enrique III, reinando felizmente por la gracia de Dios y de su madre Catalina, había ido a una procesión celebrada en honor de Nôtre-Dame de Cléry. Marchó a pie acompañado de la reina su esposa y de toda la corte.
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