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La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.488

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-¿Por dónde? Si esperan en la antecámara me matarán al salir.
-Escuchad: arriesgo todo por vos, no lo olvidéis nunca.
-Pierde cuidado.
-Seguidme por este pasaje secreto: os conduciré hasta la poterna. Luego, para darnos tiempo, iré a decir a la reina madre que bajáis. Catalina supondrá que des cubristeis vos mismo la salida secreta y que la aprove­chasteis para huir. Venid, venid conmigo.
Enrique se inclinó hacia Carlos y le dio un beso en la frente.
-Adiós, hermano mío -dijo-, no olvidaré lo postrer deseo. No olvidaré que lo última voluntad fue hacerme rey. Muere en paz. En nombre de mis hermanos lo perdono la sangre derramada.
-Vamos, vamos -dijo Renato -, el rey vuelve en sí; huid antes de que abra los ojos.
-¡Nodriza! -murmuró Carlos-. ¡Nodriza!
Enrique cogió de la cabecera de la cama la espada del rey moribundo, ocultó en su pecho el pergamino que le nombraba regente y, besando por última vez a su cuñado, dio la vuelta alrededor de la cama y des­apareció rápidamente por la salida secreta que se cerró tras él.
-¡Nodriza! -llamó el rey con voz más fuerte-. ¡Nodriza!
la buena mujer acudió a su llamada.
-¿Qué quieres, Carlos mío? -le preguntó.
-Nodriza-dijo el rey con los ojos desorbitados, en los que había ya la fijeza terrible de la muerte-. Debe de haber ocurrido algo cuando dormía. ¡Veo una gran luz! Veo a Dios Nuestro Señor; veo a Jesús y a la Santísima Virgen María. Ellos le ruegan, le suplican por mí: El Señor Todopoderoso me perdona .... me lla­ma... ¡Dios mío!... ¡Dios mío!... Recibidme en vuestra misericordia. ¡Dios mío! Olvidad que fui rey, ya que me presento a vos sin cetro y sin corona. ¡Dios mío! Olvidad los crímenes del rey para acordaros tan sólo de los sufrimientos del hombre. ¡Dios mío! Aquí me tenéis.
Carlos, que a medida que pronunciaba estas palabras se había ido levantando poco a poco como para acudir a la voz que le llamaba, exhaló un suspiro y cayó rígido y yerto en brazos de su nodriza.
Mientras, los soldados, obedeciendo las órdenes de Catalina, se dirigían hacia la salida conocida por todos y por la que Enrique debía pasar; éste, guiado por Renato, se encaminó por el corredor secreto, llegó a la poterna y, saltando so bre el caballo que le aguardaba, salió al galope en dirección al lugar donde


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