La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.487
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-Oíd-dijo Renato -; colocado aquí por la reina madre para perderos, prefiero serviros, porque tengo confianza en vuestro horóscopo. Al hacerlo obro a la vez en interés de mi cuerpo y de mi alma.
-¿También lo ordenó la reina madre que me dijeras esto? -preguntó Enrique lleno de dudas y de angustia.
-No -dijo Renato -, pero os voy a contar un secreto.
El perfumista se estiró cuanto pudo y Enrique le imitó, de modo que sus cabezas casi se tocaban.
Esta conversación entre los dos hombres sobre el cuerpo de un rey moribundo tenía algo de terrorífico, por lo que los cabellos del supersticioso florentino se erizaron de espanto y un sudor abundante corrió por la frente de Enrique.
-Éste es un secreto que sólo yo conozco -continuó Renato-, y que os revelaré si me juráis sobre este moribundo que me perdonaréis la muerte de vuestra madre.
-Ya os lo prometí una vez -dijo Enrique, cuyo rostro adquirió una expresión sombría.
-Prometido sí, pero no jurado -dijo Renato, echándose hacia atrás.
-Lo juro -dijo Enrique, extendiendo la mano derecha sobre la cabeza del rey.
-Pues bien, señor-dijo precipitadamente el florentino-, el rey de Polonia está a punto de llegar.
-No -dijo Enrique-, el correo fue detenido por orden del rey Carlos.
-Por orden del rey Carlos fue detenido uno en el camino de Château-Thierry; pero la reina madre, con su habitual previsión, había enviado tres por diferentes rutas.
-¡Oh! ¡Desdichado de mí! -exclamó Enrique.
-Esta mañana llegó un mensajero de Varsovia. El rey salía detrás de él sin que nadie pensara impedírselo,
pues aún ignoraban la enfermedad del rey de Francia. De modo que este mensajero sólo precede en unas
horas al duque de Anjou.
-¡Oh! ¡Si contara solamente con ocho días! -dijo Enrique. . .
-Pero es el caso que no disponéis siquiera de ocho horas. ¿Oís ruido de armas?
-Sí.
-Con estas armas caerán sobre vos. Vendrán hasta aquí a matarnos, sin importarles que os halléis en la misma alcoba del rey.
-El rey no ha muerto todavía.
Renato examinó atentamente a Carlos.
-Pero habrá muerto dentro de diez minutos. Tenéis, por lo tanto, diez minutos de vida; tal vez menos.
-¿Qué hacer entonces?
-Huir sin perder un minuto, sin perder ni siquiera un segundo.
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