La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.486
Indice General
|
Volver
Página 486 de 497
»
Catalina comprendió lo que quería decir con aque lla mirada.
-No, no, jamás -dijo-. ¡jamás mi familia se so meterá a una dinastía extranjera; jamás reinará en Fran cia un Borbón mientras exista un Valois!
-¡Madre, madre mía! -exclamó Carlos IX, in corporándose más terrible que nunca en su lecho de enrojecidas sábanas-. Tened cuidado, porque todavía soy rey, aunque ya sé que no por mucho tiempo, y aún puedo dar una orden para castigar a los asesinos y a los envenenadores.
-Está bien. Dad esa orden, si os atrevéis. Por mi parte, yo daré las mías. Venid, Francisco, venid -dijo la reina, y salió rápidamente llevando consigo al duque de Alençon.
-¡De Nancey! -gritó Carlos-. ¡A mí! Yo soy quien lo ordena, de Nancey, arrestad a mi madre, arrestad a mi hermano, arrestad...
Una bocanada de sangre cortó la palabra a Carlos en el momento en que el capitán de sus guardias abría la puerta. El rey, sofocado, cayó en la cama con el estertor de la agonía.
De Nancey no había oído más que su nombre; las órdenes que siguieron, pronunciadas con voz menos clara, se habían perdido en el espacio.
-Guardad la puerta -ordenó con firmeza Enrique- y no dejéis entrar a nadie.
El capitán se retiró.
Enrique volvió sus ojos hacia aquel cuerpo inanimado que hubiera podido tomarse por un cadáver si un ligero soplo no hubiese agitado la franja de espuma que bordeaba sus labios.
Después de contemplarle por espacio de unos minutos, dijo como hablando consigo mismo:
-¡He aquí el momento supremo! ¿Es mejor reinar? ¿Es mejor vivir?
En el mismo instante se descorrió una de las cortinas de la alcoba y apareció un pálido rostro. En medio del silencio de muerte que reinaba en la estancia, se oyó vibrar una voz:
-Vivid -dijo esta voz.
-¡Renato! -exclamó Enrique.
-Sí, señor.
-¿Era falsa lo predicción? ¿No seré rey? -preguntó Enrique.
-Lo seréis, señor, pero todavía no ha llegado vuestra hora.
-¿Cómo lo sabes? Habla para ver si debo creerte.
-Oíd.
-Te escucho.
-Inclinaos.
Enrique se inclinó sobre el cuerpo de Carlos, y Renato, desde el otro lado del lecho, hizo lo mismo, de modo que, entre ambos, separados únicamente por el ancho de la cama, yacía sin voz y sin movimiento el rey moribundo.
< Anterior
|
Siguiente >
<<<
451
452
453
454
455
456
457
458
459
460
461
462
463
464
465
466
467
468
469
470
471
472
473
474
475
476
477
478
479
480
481
482
483
484
485
486
487
488
489
490
491
492
493
494
495
496
497
>>>
Páginas
1-50
51-100
101-150
151-200
201-250
251-300
301-350
351-400
401-450
451-497
|