La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.485
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Catalina, como había adivinado Enrique, estaba enterada de todo y se lo había transmitido en pocas palabras a Francisco. Dieron algunos pasos y se detuvieron en espera de que el rey les dirigiera la palabra. Enrique se hallaba de pie, junto a la cabecera del enfermo.
El rey les declaró su voluntad.
-Señora -dijo mirando a su madre-, si tuviera un hijo, vos seríais regente, o en vuestro defecto el rey de Polonia, o en ausencia, en fin, del rey de Polonia, lo sería mi hermano Francisco; pero no tengo descendientes y, por lo tanto, al morir yo, debe sucederme automáticamente el duque de Anjou, que no está ahora aquí. Como un día a otro vendrá a reclamar el trono que le corresponde, no quiero que encuentre en él a un hom bre que, teniendo derechos casi iguales para ocuparlo, pueda disputarle los suyos exponiendo al reino, por consiguiente, a sufrir una guerra entre los pretendien tes. Ésta es la razón por la cual no os nombro regente, señora, ya que, si así lo hiciera, tendríais que elegir entre vuestros dos hijos, elección que habría de resultar sumamente penosa para una madre. Por esta misma razón, no nombro regente a mi hermano Francisco, ya que podría decirle a su hermano mayor: «¿No teníais un trono? ¿Por qué lo abandonasteis?» Prefiero por eso nombrar un regente que pueda conservar la corona en depósito y que la conserve bajo su mano y sobre su cabeza. Este regente, saludadle, señora, saludadle, hermano mío, este regente es el rey de Navarra.
Dicho esto, saludó a Enrique con un gesto majestuoso.
Catalina y Alençon hicieron una mueca que lo mismo podía tomarse por un saludo que por un estremeci miento nervioso.
-Tomad, señor regente -dijo Carlos al rey de Navarra-, aquí tenéis el pergamino que hasta el regreso del rey de Polonia o s confiere el mando de los ejércitos, las llaves del tesoro, los derechos reales y el poder.
Catalina devoraba con los ojos a Enrique. Francisco se hallaba tan turbado, que apenas podía mantenerse en pie. La debilidad del uno y la firmeza de la otra, en vez de tranquilizar a Enrique, le mostraban el peligro que se erguía amenazador en torno suyo.
Enrique, haciendo un violento esfuerzo y dominando todos sus temores, cogió el pergamino de manos del rey. Luego dirigió a Catalina y a Francisco una mirada ll ena de altivez que quería decir: «Tened cuidado; soy vuestro señor.
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