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La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.484

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Página 484 de 497


Mi hermano, el duque de Alençon, es un traidor y traicionará a todos; más vale que le dejes en la prisión donde le ten go encerrado. Mi madre querrá matarle; destiérrala. Mi hermano el duque de Anjou, quizá dentro de un año, saldrá de Varsovia y vendrá a disputarte el poder; respóndele con una bula papal. Yo he negociado este asunto por medio de mi embajador, el duque de Nevers, y dentro de poco tiempo recibirás la bula.
-¡Oh! ¡Rey mío!
-Sólo debes temer una cosa, Enrique: la guerra civil. Pero permaneciendo convertido la evitas, pues el partido hugonote no tiene consistencia si no estás tú a su cabeza, y el señor de Con dé no tiene fuerzas para luchar contra ti. Francia es un país de llanuras y, por lo tanto, un país católico. El rey de Francia debe ser el rey de los católicos y no de los hugonotes, puesto que el rey de Francia debe ser el rey de la mayoría. Se dice que siento remordimientos por haber organizado la noche de San Bartolomé. Dudas, puede ser; remordimientos, ninguno. Se dice que derramo la sangre de los hugonotes por todos los poros. Yo sé muy bien lo que tiñe mi sudor; es arsénico y no sangre.
-¡Oh, señor! ¿Qué decís?
-Nada. Si mi muerte ha de ser vengada, sólo a Dios corresponde hacerlo. No hablemos de ella nada más que para prever los sucesos que traerá como consecuencia. Te lego un buen Parlamento y un ejército veterano. Apóyate en el Parlamento y en el ejército para resistir a tus dos únicos enemigos: mi madre y el duque de Alençon.
En aquel momento se oyó ruido de armas en el vestíbulo, acompañado de cambios de órdenes militares.
-Soy muerto -murmuró Enrique.
-¿Temes, vacilas? -dijo Carlos con inquietud.
-¿Yo, señor? -replicó Enrique-. De ninguna manera, ni temo ni vacilo: acepto.
Carlos le estrechó la mano. Y como en aquel instante se acercaba la nodriza con una poción que acaba ba de preparar en la pieza vecina, sin sospechar que la suerte de Francia se decidía a tres pasos de ella:
-Llama a mi madre, buena nodriza, por favor -dijo el rey -, y di que llamen también al duque de Alençon.
XXXIV
EL REY HA MUERTO. ¡VIVA EL REY!
Catalina y el duque de Alençon, pálidos de miedo y trémulos de ira, entraron pocos minutos después.


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