La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.483
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-Además, muero sin heredero varón.
Se detuvo; un dulce recuerdo pareció iluminar su rostro, y apoyando una mano en el hombro de Enrique añadió:
-¡Ay de mí! ¿Te acuerdas, Enriquito, de aquel pobre niño que lo enseñé una noche mientras dormía en su cuna de seda custodiado por un ángel? ¡Ay, Enriquito, me lo matarán!
-¡Oh, señor! -exclamó Enrique con los ojos empañados por las lágrimas-. Os juro ante Dios que durante todos los días y noches de mi existencia velaré por su seguridad.
-Gracias, Enriquito, muchas gracias -dijo el rey con una ternura nada propia de su carácter, pero que le imponía la situación-, acepto lo ofrecimiento. No le hagas rey, puesto que dichosamente no ha nacido para ocupar un trono. Trata únicamente de que sea feliz. Le dejo una fortuna independiente; nobleza, que tenga la de su madre: la del corazón. Quizá sería mejor para él que se le destinase a la Iglesia. ¡Inspiraría menos temo res! ¡Oh! Creo que me moriría, si no del todo conten to, por lo menos más tranquilo si tuviese aquí, para consolarme, las caricias del niño y el dulce semblante de la madre.
-Señor, ¿no podría hacer que vinieran?
-¡Insensato! No saldrían vivos de aquí. Tal es la condición de los reyes, Enriquito, no pueden vivir ni morir a su gusto. Pero, desde que me has hecho la promesa de ocuparte de ellos, me siento más tranquilo.
Enrique pareció reflexionar.
-Sí, sin duda, os lo he prometido; pero ¿podré cumplirlo?
-¿Qué quieres decir?
-¿Acaso yo mismo no puedo ser proscrito, amenazado como él o todavía más, ya que soy yo un hombre, mientras él no es más que un niño?
-Te equivocas -respondió Carlos-, cuando yo muera serás fuerte y poderoso; aquí tienes lo que lo dará la fuerza y el poder.
El moribundo rey sacó al decir estas palabras un pergamino de debajo de la almohada.
Toma -le dijo.
Enrique leyó el documento, que estaba avalado con el sello real.
-¿Yo regente? -dijo palideciendo de alegría.
-Sí, serás regente hasta que regrese el duque de Anjou, y como, según todas las probabilidades, el du que no regresará, no es la regencia lo que lo confiere este papel, sino el trono.
-¡El trono! -murmuró Enrique.
-Tú eres -dijo Carlos- el único digno y, sobre todo, el único hombre capaz de gobernar a todos esos galanes libertinos y a todas esas jóvenes descarriadas que se alimentan de lágrimas y sangre.
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