La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.482
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-Señor -balbució Enrique -, sólo recuerdo el amor que tuve siempre por mi hermano y el respeto que sentí siempre por mi rey.
-Sí, sí, tienes razón -dijo Carlos-, y lo agradezco que hables así; Enriquito, porque has sufrido realmente demasiado bajo mi reinado, sin contar con que perdiste a lo madre durante él. Pero tú debes haber notado que muchas veces yo obraba obligado. Algunas he resistido, otras he tenido que ceder por cansancio. Pero tú lo has dicho, no hablemos del pasado; ahora me apremia el presente y me espanta el porvenir.
Al decir estas palabras, el desdichado rey ocultó su pálida faz entre sus manos descarnadas.
Al cabo de unos instantes de silencio y sacudiendo por fin la cabeza como queriendo librarse de tan sombrías ideas, movimiento con el que salpicó de sangre todo a su alrededor, dijo en voz baja a inclinándose hacia Enrique:
-Es preciso salvar el Estado; es necesario impedir que caiga en manos de fanáticos o de mujeres.
Carlos, como hemos dicho, pronunció estas palabras en voz baja. No obstante, Enrique creyó oír detrás de las cortinas de la cama algo así como una sorda exclamación colérica. Tal vez algún agujero practicado en la pared permit ía a Catalina, sin que se enterara el mismo Carlos, escuchar esta trascendental conversación.
-¿Mujeres? -preguntó el rey de Navarra, como pidiendo una explicación.
-Sí, Enrique -dijo Carlos-, mi madre quiere hacerse cargo de la regencia hasta que regrese de Polonia mi hermano. Pero oye bien lo que lo digo: no volverá.
-¡Cómo! ¿Que no volverá? -exclamó Enrique con el corazón palpitante de gozo.
-No, no vendrá -aseguró Carlos-, sus súbditos no consentirán de ningún modo que venga.
-Pero -dijo Enrique- ¿no creéis que la reina madre le habría escrito con anticipación?
-Ya sé que lo ha hecho, pero de Nancey sorpren dió al mensajero en Château-Thierry y me ha entregado la carta; en ella le decía que me quedaban pocos días de vida. Yo también he escrito a Varso via; mi carta llegará, estoy seguro, y mi hermano será vigilado. De tal modo que, según todas las probabilidades, el trono de Francia quedará vacante.
Por segunda vez se oyó como un murmullo de pro testa sin poderse precisar de dónde venía.
«Decididamente -pensó Enrique-, Catalina está allí: escucha y espera.»
Carlos, que no había oído absolutamente nada, prosiguió:
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