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La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.481

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-¡Insensato! -murmuró Catalina exasperada -. Creedme, no juguéis con Catalina a este terrible juego de vida o muerte.
-¿Por qué no? -dijo Enrique, mirando fijamente a la reina madre-. ¿Por qué no he de jugarlo con vos igual que con cualquier otro si hasta ahora he ganado siempre?
-Subid, pues, a ver al rey, ya que nada queréis oír ni creer -dijo Catalina, señalando con una mano la es­calera mientras con la otra acariciaba uno de los dos cuchillos envenenados que llevaba y cuya vaina de cuero negro llegó a ser histórica.
-Pasad primero, señora -dijo Enrique-, mientras no sea regente, a vos os corresponde el honor.
Catalina, sintiéndose descubierta, no trató de oponerse y pasó delante.
XXXIII
LA REGENCIA
El rey empezaba a impacientarse; había mandado llamar al señor de Nancey y acababa de ordenarle que fuese en busca de Enrique cuando éste se presentó.
Al ver aparecer en la puerta a su cuñado, Carlos dio un grito de júbilo y Enrique se quedó tan asustado al verle como si se hallara en presencia de un cadáver.
Los dos médicos que estaban a ambos lados de la cabecera del enfermo se alejaron, lo mismo que el sa­cerdote que había ido a proporcionar al desdichado príncipe los auxilios de la fe cristiana.
Carlos IX, a pesar de no contar con muchas simpatías entre sus súbditos, era llorado en las antecámaras. A la muerte de los reyes, cualesquiera que sean, siem pre hay gente que pierde algo y que teme no recuperarlo con sus sucesores. Aquel duelo, aquellos sollozos, las palabras de Catalina y todo el aparato siniestro y majestuoso que rodea los últimos momentos de un rey y, por último, el espectáculo de aquel rey atacado por una enfermedad de la que más adelante hubo otros casos, pero ignorada en aquel entonces por la ciencia, produjeron en el espíritu aún jov en y por consiguiente impresionable de Enrique un efecto tan terrible, que a pesar de su deseo de no ocasionar nuevas inquietudes a Carlos acerca de su estado, no pudo, como ya hemos dicho, reprimir un gesto de espanto al ver al moribun do empapado en sangre.
Carlos sonrió con tristeza. Ningún detalle escapa a los enfermos de las impresiones que sienten quienes les rodean.
-Venid, Enriquito -dijo tendiendo la mano a su cuñado -, venid, que ya sufría, al no veros; mucho os he atormentado en mi vida, pobre amigo mío; ahora me lo reprocho y, a veces, creedme, hasta he ayudado a quienes os atormentaban, pero un rey no es dueño de los acontecimientos y, además de tener a mi madre, a mi hermano de Alençon y a mi hermano de Anjou, he tenido que sostener sobre mi cabeza, durante toda mi vida, algo muy incómodo que cesará con la muerte: la soberanía del Estado.


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