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La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.478

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Aquel hombre montaba un fogoso caballo y tenía otro de las riendas que no parecía menos impaciente.
El rey de Navarra vio cómo el jinete desenvainaba su espada y cómo, poniéndole un pañuelo en la punta, la movía a guisa de señal.
Inmediatamente, sobre la colina de enfrente se repitió la misma señal y al cabo de un instante se formó alrededor del castillo un círculo de pañuelos.
Tratábase de De Mouy y sus hugonotes, quienes, enterados de que el rey se moría y temiendo que se in ­tentara algo en contra de Enrique, se habían reunido dispuestos a la defensa y al ataque .
Enrique volvió a mirar al primer caballero y, asomándose por encima del parapeto, púsose como visera la mano para evitar el sol que le deslumbraba, y reconoció al joven hugonote.
-¡De Mouy! -gritó como si éste pudiese oírle.
En su alegría de verse repentinamente rodeado de amigos se quitó el sombrero y lo agitó en el aire.
Todos los pañuelos blancos volvieron a agitarse con un brío en el que se reflejaba el contento de aque llos caballeros al reconocer al rey.
-Me esperan -dijo Enrique - y no puedo unir me a ellos... ¿Por qué no lo habré hecho cuando pude hacerlo?... Ahora ya es tarde.
Entonces les hizo un gesto de desesperación al que De Mouy contestó con otro gesto que quería decir: «esperaré».
En aquel momento, Enrique oyó unos pasos que resonaban en l a escalera de piedra. Retiróse a toda prisa, y los hugonotes, comprendiendo la causa de su ida, volvieron a envainar sus espadas y a ocultar sus pa­ñuelos.
Enrique vio subir por la escalera a una mujer, cuya jadeante respiración denunciaba su prisa y, no sin un
secreto terror, que siempre experimentaba al verla, reconoció a Catalina de Médicis.
Detrás de ella venían dos guardias que se detuvieron al pie de la escalera.
-¡Oh! ¡Oh! -murmuró Enrique -. Debe de haber ocurrido algo muy grave para que la reina madre venga a buscarme hasta aquí.
Catalina se sentó en un banco de piedra adosado a las almenas. Allí recobró el aliento.
Enrique se acercó a ella diciéndole con su más amable sonrisa:
-¿Es a mí a quien buscáis, mi buena madre?
-Sí, señor -respondió Catalina-. He querido daros una última prueba de mi cariño.


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