La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.476
Indice General
|
Volver
Página 476 de 497
¿Desde cuándo la que os ha dado el ser no es vuestra madre
-Desde el momento, señora, en que me quitáis lo que me disteis -respondió Carlos, enjugándose una
sanguinolenta espuma que le subía a la boca. -¿Qué queréis decir, Carlos? No os entiendo -murmuró Catalina mirando a su hijo con ojos estupefactos. -Vais a comprenderme, señora. Carlos metió la mano debajo de la almohada y sacó una llavecita de plata. -Coged esta llave, señora, y abrid mi cofre de viaje; contiene ciertos papeles que hablarán por mí. Carlos extendió la mano, señalando un cofre que ocupaba el sit io más visible de la habitación, magní
ficamente repujado y adornado con una cerradura de plata. . Catalina, dominada por el imperio que Carlos ejercía sobre ella, obedeció. Aproximóse lentamente al co
fre, lo abrió, hundió en el interior su mirada y retroce dió de pronto, como si hubiese visto al reptil dormido. -¿Qué hay en ese cofre que os asusta, señora? --dijo Carlos, que no perdía de vista a su madre. -Nada -respondió Catalina.
-En ese caso, meted la mano, señora, y coged un libro; debe de haber un libro, ¿no es cierto? -añadió Carlos con una amarga sonrisa, que era en él más terrible que la peor amenaza en otro cualquiera.
-Sí -balbució Catalina.
-¿Es un libro de caza?
-Sí.
-Traédmelo.
Catalina, a pesar de su aplomo, palideció. Toda temblorosa alargó la mano hacia el interior del cofre.
-¡Fatalidad! -murmuró cogiendo el libro.
-Está bien -dijo Carlos-. Ahora, escuchad: este libro de caza... Fui un insensato ...; amaba la caza sobre todas las cosas ...; este libro de caza lo leí de cabo a rabo; ¿comprendéis, señora?...
Catalina lanzó un sordo gemido.
-Fue una debilidad -continuó Carlos-; que madlo, señora. Es preciso que se ignoren las flaquezas de los reyes.
Catalina se acercó a la chimenea encendida, dejó caer el libro en el fuego y permaneció de pie, inmóvil, mirando con inexpresivos ojos las azuladas llamas con que ardían las hojas envenenadas.
A medida que el libro se consumía, fue invadiendo la habitación un fuerte olor a ajo. Pronto el libro quedó convertido en cenizas.
-Y ahora, señora, llamad a mi hermano -ordenó Carlos de manera tajante.
Catalina, atónita, aniquilada por una serie de emociones que, pese a su profunda sagacidad, era incapaz de analizar y que, pese a su fuerza casi sobrehumana, no podía combatir, dio un paso hacia delante, como queriendo hablar.
< Anterior
|
Siguiente >
<<<
451
452
453
454
455
456
457
458
459
460
461
462
463
464
465
466
467
468
469
470
471
472
473
474
475
476
477
478
479
480
481
482
483
484
485
486
487
488
489
490
491
492
493
494
495
496
497
>>>
Páginas
1-50
51-100
101-150
151-200
201-250
251-300
301-350
351-400
401-450
451-497
|