La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.475
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Ordenad que le llamen
-Señor-dijo la reina-, veo con satisfacción que las denuncias dictadas por el odio, más bien que las pro
vocadas por el dolor, se borran de vuestro espíritu y tienden a desaparecer pronto de v uestro corazón. ¡No
driza! ¡Nodriza! -añadió Catalina llamando. La buena mujer que vigilaba en la antecámara abrió la puerta. -Nodriza -dijo Catalina-, cuando llegue el señor de Nancey, decidle que vaya de parte de mi hijo a buscar
al duque de Alençon. Carlos hizo un gesto que detuvo a la buena mujer dispuesta a obedecer. -He dicho a mi hermano, señora -le repitió Carlos. Los ojos de Catalina se abrieron como los de un tigre furioso. Carlos alzó imperativamente la mano. -Quiero hablar a mi hermano Enrique -dijo -, es decir, al único hermano que tengo; no al que reina allá
lejos, sino al que está preso aquí. Enrique escuchará mis últimas disposiciones.
-Si, como decís, estáis tan cerca de la tumba, ¿creéis que voy yo a ceder a nadie, y sobre todo a un extranjero, mi derecho de asistiros en la hora suprema, mi derecho de reina y mi derecho de madre? -dijo la florentina con un audacia inusitada ante la terrible voluntad de su hijo; tan fuera de sí la ponía el odio que profesaba al bearnés.
-Señora -dijo Carlos-, todavía soy el rey, toda vía puedo mandar; señora, os digo que deseo hablar a mi hermano Enrique y no llaméis a mi capitán de guardias. ¡Por mil diablos! Os advierto que tengo todavía suficientes fuerzas como para ir a buscarle yo mismo.
Al hacer un movimiento como para saltar de la cama, dejó al descubierto su cuerpo semejante al de Cristo después de la flagelación.
-Señor -gritó Catalina deteniéndole-, nos injuriáis a todos, olvidáis las afrentas hechas a nuestra familia y repudiáis nuestra sangr e. Sabed que sólo un príncipe de Francia debe arrodillarse junto al lecho mortuorio de un rey de Francia. Por lo que a mí se refiere, mi sitio es éste; me lo señalan las leyes de la naturaleza y de la etiqueta y, por lo tanto, aquí me quedo.
-¿Y en virtud de qué título os quedáis? -preguntó Carlos IX
-A título de madre
-Ya no sois mi madre, señora, del mismo modo que el duque de Alençon ya no es mi hermano
-Deliráis, señor -dijo Catalina-.
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