La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.474
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La antecámara se quedó vacía, pues todos deseaban demostrar su celo encontrando al médico so licitado.
Se abrió entonces una puerta y apareció Catalina, quien, atravesando rápidamente la antecámara, entró en la alcoba de su hijo.
Carlos se hallaba postrado en el lecho, tenía los ojos sin brillo y la respiración jadeante. De todo su cuerpo se desprendía un sudor rojizo; su mano caía; fuera de la cama y en la punta de cada uno de sus dedos vacilaba una gota semejante a un líquido rubí.
El espectáculo no podía ser más terrible.
Sin embargo, al oír los pasos de su madre y como si la reconociera, Carlos se incorporó.
-Perdonadme, señora -dijo mirando fijamente a su madre-, quisiera morir en paz.
-¿Pensáis morir, hijo mío, sólo por una crisis pasajera, de este extraño mal?-dijo Catalina-. ¿Por qué os empeñáis en desesperaros así?
-Os digo señora, que siento que se me va el alma, os digo, señora, que es la muerte lo que siento llegar; ¡muerte de todos los diablos!... Me doy sobrada cuenta de lo que siento y sé perfectamente lo que me digo.
-Señor-dijo la reina-, vuestra imaginación es la más grave enfermedad que tenéis; después del merecido suplicio de esos dos hechiceros, de esos dos asesinos que se llamaban La Mole y Coconnas, vuestros
sufrimientos físicos deben de haber disminuido. Sólo queda en vos el mal moral, y si pudiese hablaros diez minutos os probaría... -Nodriza -dijo Carlos-, guarda la puerta para que nadie entre: la reina Catalina de Médicis quiere con
versar con su muy amado hijo Carlos IX. La nodriza obedeció. -En realidad -continuó Carlos- esta conversación debía tener lugar un día a otro; más vale que sea hoy
que mañana. Además, quizá mañan a sea demasiado tarde. Pero os advierto que una tercera persona de be
asistir a nuestra entrevista. -¿Por qué? -Porque, os lo repito, la muerte está en camino -replicó Carlos con una escalofriante solemnidad-, porque
de un momento a otro entrará en este cuarto pálida y muda, y, como vos, sin hacerse anunciar. Ha llegado por lo tanto la hora de que ponga en orden los asuntos del reino de la misma manera que hice anoche en lo que se refiere a los míos particulares.
-¿Y quién es esa persona que deseáis ver? -preguntó Catalina
-Mi hermano, señora.
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