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La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.473

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Todos los ojos se volvieron hacia ella y Margarita soportó aquella mirada universal con un aire firme e incluso alegre. Le daba fuerzas el haber cumplido religiosamente el último deseo de su idolatrado La Mole.
Carlos, al verla, atravesó tambaleándose la dorada multitud que le rodeaba.
-Gracias, hermana mía -dijo en voz alta.
Y bajando la voz.
-¡Cuidado! -añad ió-. Tenéis una mancha de sangre en el brazo.
-¡Ah! ¡Qué importa eso ya, señor -respondió Margarita-,con tal de que tenga la sonrisa en los labios!
XXXI
SUDOR SANGUÍNEO
Pocos días después de la terrible escena que acaba mos de relatar, es decir, el 30 de mayo de 1574, estando la corte en Vincennes, se oyó de pronto un gran albo roto en la alcoba del rey, el cual, habiéndose agravado sus dolencias durante el baile que ofreció el mismo día de la muerte de los dos amigos, se había trasladado al campo por orden de los médicos para respirar un aire más puro.
Eran las ocho de la mañana. Un grupo de cortesanos conversaba animadamente en la antecámara cuando, de repente, se oyó un grito y apareció en la puerta la nodriza de Carlos con los ojos anegados en lágrimas y diciendo con una voz desesperada:
-¡Socorro! ¡Socorro!
-¿Es que se ha puesto peor Su Majestad? -preguntó el capitán de Nancey, a quien, como ya se sabe, el rey había eximido de toda obediencia a la reina Catalina para consagrarlo exclusivamente a su servicio.
-¡Oh! ¡Cuánta sangre! ¡Cuánta sangre! -dijo la nodriza-. ¡Los médicos! ¡Llamad a los médicos!
Mazille y Ambrosio Paré se turnaban a la cabecera del enfermo.
Ambrosio Paré, que estaba de guardia en aquel momento, al ver que el rey se quedaba dormido, había aprovechado aquella circunstancia para alejarse por algunos instantes.
Durante su ausencia se había apoderado del rey un sudor abundante. Como Carlos padecía un debilita­miento de los vasos capilares, se le produjo una hemorragia superficial. La nodriza, que no podía acostumbrarse a tan extraño fenómeno, creía como buena protestante y repetía sin cesar que aquel sudor sanguíneo se debía a que la sangre de los hugonotes vertida la noche de San Barto lomé reclamaba la sangre del rey.
Los cortesanos salieron corriendo en todas direcciones; el doctor no podía estar lejos y no tardaría en ser hallado.


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