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La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.472

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Sus cabezas inclinadas y puestas junto al tronco parecían unidas a él. Tan sólo un círculo de un rojo encendido dibujado alrededor del cuello revelaba la terrible verdad. La muerte no había separado a los dos buenos amigos, pues ya fuese por casualidad o por piadosa atención del verdugo, la mano derecha de La Mole reposaba en la mano izquierda de Coconnas.
Bajo los párpados de La Mole se adivinaba una mirada de amor y en los labios de Coconnas perduraba una sonrisa de desdén.
Margarita se arrodilló junto a su amante y con sus manos deslumbrantes de alhajas levantó suavemente aquella cabeza que tanto había amado.
La duquesa de Nevers, reclinada contra la pared, no podía apartar su mirada del pálido rostro de Coconnas, donde tantas veces había encontrado la alegría y el amor.
-¡La Mole! ¡Mi adorado La Mole! -murmuró Margarita.
-¡Annibal! ¡Annibal! -exclamó la duquesa de Nevers-. ¡Tú, tan orgulloso, tan valiente! ¿Ya no me respondes...?
Un torrente de lágrimas acompañó estas palabras.
Aquella mujer tan desdeñosa, tan atrevida, tan in solente en la felicidad, aquella mujer que llevaba el es­cepticismo hasta la suprema duda y la pasión hasta la crueldad, n o había pensado nunca en la muerte.
Margarita le ofreció su ejemplo.
En una bolsa bordada de perlas y perfumada con las más finas esencias guardó la cabeza de La Mole, más hermosa todavía al verse junto al oro y al terciopelo y a la que una preparación particular que se empleaba en aquella época para embalsamar a los reyes debía con servar eternamente su belleza.
Enriqueta se aproximó entonces a los cadáveres y envolvió la cabeza de Coconnas en su capa.
Curvadas por el peso de su dolor, más que por el de su carga, subieron la escalera dirigiendo una última mirada a los restos que quedaban a merced del verdugo en aquel antro sombrío destinado a los criminales vulgares.
-Nada temáis, señora -dijo Caboche interpretando aquellas miradas-; los caballeros serán sepultados santamente, os lo juro.
-Y tú les harás decir misas con esto -dijo Enriqueta, quitándose del cuello un magnífico collar de rubíes y entregándoselo al verdugo.
Volvieron al Louvre del mismo modo que habían salido. En la puerta la reina se dio a conocer. Al llegar a la escalera secreta bajó por ella, entró en su aposento, depositó su triste reliquia en el gabinete contiguo a su dormitorio, convertido desde aquel momento en oratorio, dejó a Enriqueta vigilando su alcoba y, más pálida y bella que nunca, entró a eso de las diez en el gran salón de baile, el mismo donde la vimos hace ya cerca de un año y medio al comienzo de nuestra historia.


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