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La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.471

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Era la resplandeciente espada de la justicia. Aquí y allá se veían también algunas groseras imágenes representando a santos martirizados con los más
terribles suplicios.
Al llegar a aquella habitación, maese Caboche hizo una profunda reverencia.
-Vuestra Majestad me excusará-dijo-si he osado llegar hasta el Louvre y traeros aquí. Pero ésta era la voluntad expresa y suprema del caballero, de modo que...
-Habéis hecho muy bien, maese Caboche -dijo Margarita-, y aquí tenéis esto como recompensa por vuestra bondad.
Caboche contempló tristemente la bolsa repleta de oro qué Margarita acababa de depositar sobre la mesa.
-¡Oro! ¡Siempre oro! -murmuró -. ¡Ay, seño ra, que no pueda yo rescatar a precio de oro la sangre que me vi obligado a derramar hoy!
-Maese -dijo Margarita mirando en torno suyo y como si dudase-, ¿tendremos que ir todavía a otra parte? No veo...
-No, señora, están aquí; es, sin embargo, un triste espectáculo que podría evitaros trayéndoos oculto bajo un paño lo que venís a buscar.
Margarita y Enriqueta cambiaron una mirada.
-No -dijo Margarita, que había adivinado en los ojos de su amiga la misma decisión que ella acaba ba de adoptar -. No, enseñadnos el camino y os seguiremos.
Caboche cogió la antorcha y abrió una puerta de encina que conducía a una escalera de pocos peldaños que parecía hundirse en la tierra. En aquel momento se produjo una corriente de aire que hizo saltar algunas chispas de la antorcha y trajo al rostro de las p rincesas un olor nauseabundo de moho y de sangre.
Enriqueta, blanca como una estatua de alabastro, se apoyó en el brazo de su amiga, cuyo paso era más seguro; pero al llegar al primer peldaño titubeó.
-¡Oh! ¡No podré jamás! -exclamó.
-Cuando se ama de verdad, Enriqueta -dijo la reina-, se debe amar hasta en la muerte.
Horrible y conmovedor espectáculo era el que ofrecían aquellas dos mujeres resplandecientes de juventud, belleza y elegancia inclinándose bajo el techo de cal, la más débil apoyándose en la más fuerte y la más fuerte en el brazo del verdugo.
Llegaron al último escalón.
En el fondo de aquella cueva yacían dos formas humanas cubiertas con un paño de sarga negra.
Caboche levantó un extremo del paño, acercó su vela y dijo:
-Mirad, señora.
Los dos jóvenes, vestidos de negro, estaban tendidos uno al lado del otro con la terrible simetría de la muerte.


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