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La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.470

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Página 470 de 497


-Sí, ¿y qué es lo que hay que hacer
-Debemos ir con él
Luego, Enriqueta, lanzando un grito de dolor
-¡Ah! ¡Estaba tan bien! -exclamó-. ¡Estaba casi muerta
Mientras tanto Margarita se había puesto sobre sus hombros desnudos una capa de terciopelo
-Ven, ven-dijo-, ¡los veremos una vez más
Margarita hizo cerrar todas las puertas, ordenó que llevaran la litera a la puert ecita falsa y, cogiendo del
brazo a Enriqueta, descendió por la escalera secreta, haciendo señas a Caboche de que las siguiera. Ante la puerta estaba la litera y en el quicio el ayudante de Caboche con una linterna. Los hombres que conducían a Margarita eran de la más absoluta confianza. Ni veían ni oían. Su absoluta
discreción los hacía más seguros que si hubiesen sido bestias de carga. La litera anduvo durante diez minutos, poco más o menos, precedida por maese Caboche y su criado con la linterna. Cuando se detuvo, el verdugo abrió la por tezuela, mientras el ayudante se adelantaba corriendo. Margarita bajó y ayudó a la duquesa de Nevers a que hiciera lo mismo. En medio del gran dolor que las embargaba, el temperamento nervioso de la reina se revelaba como el más fuerte. La torre de la Picota se erguía ante las dos mujeres como un gigante sombrío a informe, despidiendo un
resplandor rojizo por dos troneras que se abrían en la parte superior. El criado asomóse a la puerta. -Podéis entrar, señoras -dijo Caboche-; todo el mundo duerme en la torre. En aquel momento se apagó la luz que salía por las dos troneras. Las dos damas, apretándose la una contra la otra, atravesaron la pequeña puerta ojival y pisaron en la
oscuridad un suelo húmedo y pegajoso. Divisaron una luz al fondo de un corredor y, guiadas por el repulsivo dueño de la morada, se dirigieron hacia aquel lugar. La puerta se cerró tras ellas.
Caboche, con una vela en la mano, las introdujo en una sala baja y ahumada. En el centro de esta habitación había una mesa con los restos de una cena y tres cubiertos. Estos tres cubiertos correspondían sin duda al verdugo, a su mujer y al ayudante principal.
En el sitio más visible de la pared estaba colgado un pergamino con el sello del rey. Era el título de ver ­
dugo. En un rincón había una enorme espada de larga empuñadura.


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