La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.469
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-¿Por mí?
-Sí, por vos.
-¿Quién es?
-No sé, pero tiene un aspecto terrible; yo al verle me he puesto a temblar.
-Ve a preguntarle su nombre -dijo Margarita palideciendo.
Guillonne salió y volvió a los pocos instantes.
-No quiso decirme su nombre, señora, pero me rogó que os entregara esto.
Y entregó a Margarita el relicario que ella había dado a La Mole la noche anterior.
-¡Hazle entrar, hazle entrar en seguida! -dijo la reina, al mismo tiempo que se ponía mucho más pálida y acongojada de lo que estaba.
Unos pasos lentos y pesados conmovieron el pavimento. El eco, in dignado sin duda de tener que repetir semejante ruido, gruñó bajo el entarimado y un hombre apareció en el umbral.
-¿Sois vos...? -dijo la reina
-El mismo que un día encontrasteis cerca de Montfaucon, señora, y el mismo que trajo al Louvre en su
carricoche a dos gentiles hombres heridos. -Sí, ya os reconozco, sois maese Caboche. -Verdugo del distrito de París, señora.Éstas fueron las únicas palabras que oyó Enriqueta de todas las que se habían pronunciado delante de ella
desde hacía una hora. Levantó su pálido rostro y miró al verdugo con sus ojos color esmeralda, de los que
parecía surgir una doble llama. -¿Y venís...? -dijo Margarita temblando. -A recordaros la promesa que hicisteis al más joven de los caballeros, al que me encargó que os devol
viese este relicario. ¿La recordáis, señora? -¡Ah! Sí, sí -exclamó la reina -. Y nunca alma más generosa tendrá más noble satisfacción; ¿pero dónde
está? -En mi casa; donde está el cuerpo. -¿En vuestra casa? ¿Y por qué no me la habéis traído? -Podían haberme det enido al entrar en el Louvre. Suponed que me hubieran obligado a levantar mi capa,
¿qué habrían dicho si debajo de la capa hubiesen visto una cabeza? -Está bien, guardadla en vuestra casa; mañana iré por ella. -Señora, quizá mañana sea ya demasiado tarde -comentó Caboche. -¿Por qué? -Porque la reina madre me ordenó que le reser vara para sus experimentos cabalísticos las cabezas de los
dos primeros condenados que decapitara.
-¡Oh! ¡Qué profanación! ¡Las cabezas amadas! ¡Enriqueta! -gritó Margarita, corriendo hacia su amiga, a quien halló de pie como si un resorte la hubiera levantado -. Enriqueta, ángel mío, ¿oyes lo que dice este hombre?
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