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La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.468

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.., observa mis ojos, mi color, mis labios; son los de un muerto, es verdad, pero mi sonrisa..., mi sonrisa; ¿no hace creer que espero? Y no obstante dentro de ocho días, de un mes a lo sumo, tú me lloraras como lloras ahora al que ha muerto hoy.
-¡Hermano...! -gritó Margarita, abrazando a Carlos.
-Vamos, vestíos, Margarita -dijo el rey -, disimulad vuestra palidez y venid al baile. Acabo de orde nar que os traigan nuevas joyas y adornos dignos de vUestra belleza.
-¡Oh, los diamantes, los vestidos!... -dijo Margarita-. ¿Qué me importa todo eso ahora?
-La vida es larga, Margarita -dijo Carlos sonriendo -, al menos para ti.
-¡Jamás! ¡Jamás!
-Acuérdate de una cosa, hermana; a veces, es ahogando, o mejor dicho, disimulando el dolor como mejor se honra a los muertos.
-Está bien, señor, iré -dijo Margarita, estremeciéndose.
Una lágrima que absorbió rápidamente su cálida mejilla humedeció los ojos de Carlos.
El rey se inclinó hacia su hermana, la besó en la frente, se detuvo un instante mirando a Enriqueta, que ni le había visto ni oído, y exclamó:
-¡Pobre mujer!
Luego salió silenciosamente.
No bien hubo salido, entraron varios pajes llevan do cofres y estuches.
Margarita les indicó que dejaran todo aquello en el suelo.
Obedecida la orden, se retiraron los pajes, dejando a Guillonnè con las dos mujeres.
-Prepárame todo lo necesario para vestirme, Guillonne-dijo Margarita.
La joven miró a su ama con aire de asombro.
-Sí -dijo Margarita con un acento de amargura que sería imposible transcribir -, me vestiré y asistiré al baile. Allá me esperan. Apresúrate, pues el día será completo: fiesta en la plaza de Saint-Jean-en-Grève por la mañana y fiesta en el Louvre por la noche.
-¿Y la señora duquesa? -preguntó Guillonne.
-¡Oh! Ella es dichosa; puede quedarse aquí; puede llorar y sufrir a su antojo. Ella no es hija de rey, es­posa de rey ni hermana de rey. No es reina. Ayúdame a vestirme, Guillonne.
La doncella obedeció. Los adornos eran magníficos y el vestido precioso. Nunca había estado más bella Margarita.
Se contempló en un espejo.
«Mi hermano tiene razón-pensó-; qué cosa más miserable es una criatura humana.»
En aquel momento entró Guillonne.
-Señora -dijo-, ahí está un hombre que pregunta por vos.


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