La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.467
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Carlos IX empujó la puerta y, dejando al señor de Nancey en el corredor, entró pálido y trémulo.
Ninguna de las dos mujeres le vio entrar.
Únicamente Guillonne, que en aquel momento atendía a Enriqueta, se levantó, apoyándose en una rodilla, y miró aterrada al rey.
El rey hizo una seña con la mano, que bastó para que ella hiciera una reverencia y se retirara.
Carlos se dirigió entonces a Margarita, la contempló un instante en silencio, y luego, con un tono de voz del que se le hubiera creído incapaz, dijo:
-¡Margot! ¡Hermana mía!
La joven se estremeció y trató de incorporarse.
-¡Vuestra Majestad! -dijo.
-¡Vamos, hermana, valor!
Margarita elevó los ojos al cielo.
-Sí, ya lo sé -dijo Carlos-, pero óyeme.
La reina de Navarra hizo un gesto como queriendo decir que escuchaba.
-Me has prometido asistir al baile -dijo Carlos.
-¿Yo?
-Sí, y como lo has prometido, lo están esperando, de modo que si no vien es, se van a extrañar de no verte.
-Perdonadme, hermano mío -dijo Margarita-, ¡pero mirad cómo sufro!
Margarita estuvo por un instante tentada de reunir todas sus fuerzas, pero se abandonó de pronto y, de jando caer de nuevo la cabeza sobre los almohadones, dijo:
-No, no, no iré.
Carlos le cogió la mano y, sentándose a su lado en el sofá, insistió:
-Sé que acabas de perder a un amigo, Margot; pero mírame, ¿acaso yo no he perdido todos los míos y, lo que es peor, a mi madre? Tú siempre has podido llorar a tus anchas, como lo has hecho en este momento; yo, en la hora de mis crueles dolores, siempre me he visto obligado a sonreír. Tú sufres; mírame, yo muero. Pues bien, Margot, ¡ánimo! ¡Te lo pido, hermana mía, en nombre de nuestro honor! Nosotros llevamos, como una cruz de angustia, la fama de nuestra familia; llevémosla, como el Señor hasta el Calvario, y si en el camino, como Él, tropezamos, levantémonos como Él resignados y animosos.
-¡Oh, Dios mío, Dios mío! -exclamó Margarita.
-Sí -dijo Carlos, respondien do a su pensamien to-, el sacrificio es duro, hermana, pero cada cual debe sacrificar lo que le corresponda, unos su honor y otros su vida. ¿Crees que a mis veinticinco años y siendo dueño del trono más poderoso del mundo no lamento tener que morir? Pues mírame.
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