La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.466
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Una vez que perdió toda esperanza como resultado de la escena de la capilla y desde que asistiera, en un último impulso de compasión hacia aquel amor, el más grande y profundo que experimentara en su vida, a la escena de la ejecución, se había prometido a sí misma que ni ruegos ni amenazas la obligarían a presentarse en una alegre fiesta en el Louvre, precisamente el mismo día en que había asistido a un espectáculo tan lúgubre como el de la plaza de Saint-Jean-en-Grève.
El rey Carlos IX había dado una nueva prueba de aquella fuerza de voluntad que tenía y que nadie quizá poseyó en tan alto grado. Postrado en cama desde hacía quince días, débil como un moribundo y amarillo como un cadáver, se levantó a eso de las cinco de la tarde y vistióse con sus más ricas galas. Cierto que, mientras se vestía, sufrió tres desmayos.
A eso de las ocho de la noche preguntó por su hermana y quiso ser informado de si se la había visto o se sabía dónde estaba. Nadie pudo responderle, ya que la reina Margarita había vuelto a su aposento a las once de la mañana y se había encerrado, prohibiendo terminan temente a todos la entrada..
Para Carlos no había puertas cerradas que valieran. Apoyado en el brazo del señor de Nancey, se dirigió al departamento de la reina de Navarra y entró sin anun ciarse por la puerta del corredor secreto.
Por mucho que esperara hallar un triste espectáculo y por más que hubiese preparado de antemano su corazón, lo que vio era más deplorable aún de cuanto había podido imaginar.
Margarita, semimuerta, acostada sobre un sofá, y con la cabeza rodeada de almohadas, no lloraba ni ora-ba; tan sólo un estertor de agonizante agitaba su pecho.
En el otro extremo de la habitación, yacía sin sentido, tirada en el suelo, aquella mujer decidida que se llamaba Enriqueta de Nevers. Al volver de la plaza de Saint-Jean-en-Grève le faltaron las fuerzas lo mismo que a Margarita, de suerte que la pobre Guillonne iba de una a otra sin atreverse a dirigirles una palabra de consuelo.
En las crisis que siguen a las grandes catástrofes nos sentimos avaros de nuestro dolor, como si fuera un tesoro, y consideramos como enemigo a todo aquel que intenta quitarnos la más mínima parte de él.
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