La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.465
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Este relicario os abrirá las puertas.
-Perded cuidado. Ahora, tratad de mantener la cabeza erguida.
La Mole enderezó el cuello y volviendo los ojos hacia la torrecilla:
-Adiós, Margarita -dijo-, bendita se...
No pudo terminar. De un revés de su espada rápida y brillante como el rayo, Caboche hizo caer de un solo tajo la cabeza, que fue rodando hasta los pies de Coconnas.
El cuerpo se deslizó suavemente como si se acostara.
Un grito inmenso compuesto de mil gritos distin tos resonó entonces en los ámbitos de la plaza. Entre las voces de las mujeres le pareció a Coconnas reconocer un acento más doloroso que todos los demás.
-Gracias, digno amigo, gracias -dijo Coconnas, tendiendo por tercera vez la mano al verdugo.
-Hijo mío -le dijo -el sacerdote a Coconnas-, ¿no tenéis nada que confiar a Dios?
-No, padre -respondió el piamontés-, todo lo que podía decirle ya os lo dije ayer a vos.
Y dirigiéndose a Caboche:
-Vamos, verdugo, mi íntimo amigo -le dijo-, hazme otro favor aún.
Antes de arrodillarse paseó por la multitud una mirada tan tranquila y serena que un murmullo de admiración acarició sus oídos y halagó su orgullo. Cogiendo entonces entre sus manos la cabeza de su amigo y besando sus labios violáceos, miró por última vez hacia la torrecilla. Se arrodilló sin soltar aquella cabeza tan querida y dijo:
-¡A mí!
No había acabado de pronunciar estas palabras cuando Caboche hizo volar su cabeza.
Al dar este golpe un temblor convulsivo se apode ró del hombre.
-¡Ya era hora de que esto terminase! ¡Pobre muchacho!
Dicho esto, arrancó de las manos crispadas de La Mole el relicario de oro y extendió rápidamente su capa sobre los tristes despojos que el carrito debía conducir a su casa.
Habiendo concluido el espectáculo, la muchedumbre se dispersó.
XXX
LA PICOTA
Anocheció sobre la ciudad estremecida aún por el rumor de aquel suplicio, cuyos detalles iban a entristecer en todos los hogares la alegre hora de la cena familiar. Por el contrario, el Louvre presentaba un aspecto animado.
Se celebraba en él una gran fiesta, una fiesta ofrecida por Carlos IX y que él mismo había decidido para aquella noche, al mismo tiempo que había fijado para aquella mañana la ejecución.
La reina de Navarra había recibido el día anterior la orden de asistir a la fiesta y, con la esperanza de que La Mole y Coconnas se escaparían y con la convicción de que se habían tomado todas las medidas necesarias para favorecer su fuga, respondió a su hermano que accedería, muy gustosa, a sus deseos.
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