La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.464
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entre los gritos frenéticos y los aplausos de la multitud. Coconnas se quitó el sombrero y saludó. Luego tiró el sombrero a sus pies. -Mira por todos lados -le dijo La Mole-, ¿no la ves? Coconnas giró una mirada circular por toda la plaza y, al llegar a un punto se detuvo, extendió la mano,
sin apartar los ojos de donde los tenía clavados, para tocar en el hombro a su amigo. -Mira -le dijo -, mira hacia allá. ¿No ves quién hay en la ventana de aquella torrecilla?
Con la otra mano le mostraba a La Mole el peque ño monumento que aún existe hoy entre las calles Vannerie y Mouton, como resto de pasados siglos.
En el hueco de la ventana podía verse la silueta de dos mujeres, apoyada una contra la otra.
-¡Ah! -suspiró La Mole-. Sólo una cosa temía y era morir sin volver a verla. Ahora ya puedo morir tranquilo.
Sin apartar los ojos de la ventanita se llevó a los labios el relicario y lo cubrió de besos.
Coconnas saludó a las dos damas con la misma gracia que si se hubiera hallado en un salón.
En respuesta a los ademanes de los caballeros, ellas agitaron en el aire sus pañuelos impregnados de lágrimas.
A su vez, Caboche advirtió a Coconnas tocándole con un dedo en el hombro y dirigiéndole una mirada muy significativa.
-Sí -dijo el piamontés, y volviéndose hacia La Mole-: abrázame y muere como un valiente. Esto no será difícil para ti, puesto que lo eres.
-¡Ah! -respondió La Mole-. ¡No tendrá ningún mérito mi valor ante la muerte! ¡Sufro tanto!...
Al aproximarse el sacerdote presentando un crucifijo a La Mole, éste le enseñó el relicario que tenía en la mano.
-No importa -dijo el religioso -, encomendaos de todos modos al que sufrió lo que vos vais a sufrir.
La Mole besó los pies del Cristo.
-Recomendadme -dijo-a las plegarias de las monjas de la bendita Santa Virgen.
-Date prisa, La Mole -dijo Coconnas-, me haces tanto daño, que me siento desfallecer.
-Ya estoy dispuesto -dijo La Mole.
-¿Podréis mantener bien erguida la cabeza? -preguntó Caboche, preparando su espada a espaldas de La Mole, que se hallaba arrodillado.
-Creo que sí -respondió éste.
-Entonces todo marchará perfectamente.
-Pero no olvidéis lo que os he pedido.
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