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La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.463

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-¡Ah! -dijo -. Me siento resucitar
Y besó el relicario que colgaba de su cuello
Al llegar a la esquin a de la calle y dar la vuelta al hermoso edificio mandado construir por Enrique II,
vieron el patíbulo que se alzaba dominando todas las cabezas sobre una plataforma desnuda y sangrienta. -Amigo -dijo La Mole-, quisiera morir el primero. Coconnas dio po r segunda vez un golpecito en el hombro del verdugo. -Buen hombre -dijo Coconnas-, si como me dijiste deseas complacerme... -Os lo dije y os lo repito. -Pues bien; mi amigo ha sufrido más que yo; por consiguiente, tiene menos fuerzas... -¿Y qué? -Me ha dicho que padecería demasiado si me viera morir primero. Además, si yo muero antes, nadie le
podría acompañar al patíbulo. -Está bien, está bien -contestó Caboche, enjugándose una lágrima con el dorso de la mano-, tranquilizaos;
haré lo que me pedís. -Y de un solo golpe, ¿no es así? -preguntó en voz baja el piamontés. -De uno solo. -Está bien; si acaso tuvierais que repetirlo, que sea conmigo. El carricoche se detuvo; habían llegado. Coconnas se puso el sombrero. Un rumor parecido al de las olas del mar hirió los oídos de La Mole. Pretendió ponerse de pie, pero le
faltaron las fuerzas; fue necesario que Coconnas y Caboche le sostuvieran entre sus brazos. La plaza estaba sembrada de cabezas. Las escaleras del ayuntamiento parecían las gradas de un anfiteatro lleno de espectadores. Por todas las ventanas se veían caras animadas, cuyos ojos despedían chispas.
Cuando se vio que el hermoso joven, incapaz de sostenerse en pie sobre sus piernas rotas, hacía un su­premo esfuerzo para subir por sí solo al cadalso, se elevó un inmenso clamor, como un grito de desolación universal. Los hombres rugían, mientras las mujeres daban lastimeros quejidos.
-Era uno de los cortesanos más importantes -decían los hombres-, y no era en Saint-Jean -en -Grève donde
debía morir, sino en Pré-aux-Clercs. -¡Qué hermoso es! ¡Qué pálido está! -decían las mujeres-. Es el que no quiso hablar. -Amigo mío -dijo La Mole-, no puedo sostenerme, ¡cógeme! -Espera-dijo Coconnas. Hizo una seña al verdugo para que se apartase, se inclinó, cogió a La Mole en brazos como si fuera un
niño y subió sin vacilar, cargado con su fardo, la escalera de la plataforma. Al dejarle sobre ella, lo hizo


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