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La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.462

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Había circulado el rumor de que La Mole moriría sin haber confesado uno solo de los hechos que se le imputaban, mientras que, por el contrario, se aseguraba que Coconnas, no habiendo podido soportar el do ­lor, lo había revelado todo.
Por eso se oía gritar por todas partes:
-¡Mirad, mirad al rubio! Es el que ha hablado, el que ha dicho todo; es un cobarde y tiene la culpa de que maten a su amigo. El otro, en cambio, es un valiente y no ha dicho nada.
Los dos jóvenes oían claramente, el uno las alabanzas y el otro las injurias, que acompañaban su marcha fúnebre. Mientras La Mole estrechaba las manos de su amigo, un sublime desdén se pintaba en el rostro del piamontés, quien, desde lo alto del inmundo carricoche, contemplaba al populacho estúpido cual si le mirase desde un carro triunfal.
El infortunio había consumado su obra celestial; había ennoblecido el semblante de Coconnas. Faltaba que la muerte divinizara su alma.
-¿Llegaremos pronto? -preguntó La Mole-. No puedo más, amigo mío, creo que voy a desmayarme.
-Espera, espera, La Mole, vamos a pasar por delante de las calles Tizon y de Cloche-Percée; mira un momento.
-¡Oh! ¡Levántame, levántame para que vea por última vez esa bendita casa
Coconnas dio con su mano un golpecito en el hombro del verdugo, que iba sentado en el pescante, guian

do el caballo. -Maestro -le dijo -, haznos el favor de parar un instante frente a la calle Tizon. Caboche hizo un gesto afirmativo con la cabeza y, al llegar al sitio indicado, detuvo el carricoche. La Mole, ayudado por Coconnas, se incorporó con esfuerzo, miró con los ojos velados por las lágrimas
aquella casita silenciosa, muda y cerrada como una tumba, y, suspirando profundamente, dijo en voz baja: -¡Adiós, juventud, amor y vida!... Luego dejó caer la cabeza sobre el pecho. -¡Animo! -le dijo Coconnas-. Tal vez volvamos a encontrar todo eso allá arriba. -¿Tú crees? -Lo creo, porque me lo ha dicho el sacerdote y porque no me faltan esperanzas de que así sea. Pero no lo
desmayes, amigo mío, estos miserables que nos miran se reirían de nosotros.
Caboche oyó las últimas palabras y, fustigando con una mano al caballo tendió con la otra, y sin que nadie pudiese verlo, a Coconnas una esponjita empapada en un revulsivo tan violento que La Mole, luego de aspirar su olor y frotarse con ella las sienes, se sintió fresco y reanimado.


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