La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.461
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-Te comprendo, Annibal mío, y me siento orgullosa de ti. Sé perfectamente que lo heroísmo lo hace morir, pero precisamente por ese heroísmo es por lo que lo amo. Ante Dios lo amaré siempre, más que nada en este mundo, y lo que Margarita ha jurado hacer por La Mole, lo juro que aun no sabiendo lo que es, lo haré yo por ti.
Al terminar alargó su mano a Margarita.
-Eso sí. que es hablar bien -dijo Coconnas-; gracias.
-Antes de dejarme -dijo La Mole-, os pido, reina mía, un último favor; dadme un recuerdo cualquiera que pueda besar en el momento de subir al patíbulo.
-¡Oh! Sí, por supuesto! -exclamó Margarita-. ¡Toma esto !
De su cuello desprendió un pequeño relicario de oro sostenido por una cadena del mismo metal.
-Toma -dijo-, es una reliquia santa que llevo desde mi infancia; mi madre me la puso al cuello cuando era niña y todavía me amaba; perteneció a nuestro tío el Papa Clemente y nunca se ha separado de mí; tómala.
La Mole la cogió, besándola entusiasmado.
-Ya abren la puerta-dijo el carcelero-, huid, señoras, huid.
Las dos mujeres se precipitaron detrás del altar, por donde desaparecieron.
En aquel momento entraba el sacerdote.
XXIX
LA PLAZA DE SAINT-JEAN-EN-GRÈVE
Desde las siete de la mañana se desbordaba la mul titud por las calles y plazuelas de los alrededores del patíbulo.
A las diez avanzó lentamente por la calle de Saint Antoine un carricoche que venía de Vincennes y que era el mismo en el que los dos amigos fueron conducidos al Louvre después de su duelo. A su paso, los espectadores apretujados, parecían estatuas de ojos quietos y labios entreabiertos.
Aquel día, la reina madre obsequiaba con un espectáculo desgarrador a todo el pueblo de París.
En el carricoche venían tendidos sobre algunas briznas de hierba dos jóvenes con la cabeza descubierta y vestidos de negro. Coconnas sostenía sobre sus rodillas a La Mole, cuya cabeza sobresalía por encima de lo s travesaños del vehículo y cuyos ojos erraban de un lado a otro.
La muchedumbre, con tal de ver hasta el fondo del carruaje, se empujaba, se levantaba en vilo, se subía a los tejados, trepaba por los salientes de los muros y sólo parecía satisfecha cuando contemplaba por entero aquellos dos cuerpos que salían del tormento para encaminarse al patíbulo.
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