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La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.460

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Coconnas rechazó suavemente a Enriqueta, que le empujaba hacia la puerta, y con un gesto tan solemne como majestuoso, dijo:
-Señora, dad ante todo a este hombre los quinientos escudos que le prometimos.
-Aquí están -dijo Enriqueta.
Entonces, volviéndose hacia La Mole y men eando tristemente la cabeza:
-En cuanto a ti, mi buen La Mole -dijo-, me injurias al pensar, siquiera sea por un instante, que pueda abandonarte. ¿No lo juré que viviría y moriría contigo? En fin, sufres tanto, pobre amigo mío, que lo perdo­no la ofensa.
Sin añadir nada más se recostó junto a su amigo y, acercando su cara a la de La Mole, le rozó la frente con sus labios.
Después, tal como hubiera hecho una madre con su hijo, cogió suavemente la cabeza de su amigo, que reposaba contra la pared y la hizo descansar sobre su pecho.
Margarita se hallaba sombría. Acababa de recoger el puñal que Coconnas había dejado caer.
-¡Oh! ¡Mi reina! -dijo La Mole extendiendo los brazos hacia ella, pues comprendía sus propósitos-. ¡No olvidéis que muero para borrar hasta la más mínima sospecha de nuestro amor!
-¿Qué es lo que puedo hacer entonces por ti, ya que ni siquiera me está permitido el morir contigo? -dijo Margarita desesperada.
-Puedes hacer -contestó La Mole-que la muerte me parezca dulce y que llegue hasta mí con un rostro risueño.
Margarita se aproximó a él con las manos juntas como para rogarle que hablara.
-¿Recuerdas aquella noche, Margarita, en que a cambio de mi vida que lo ofrecía entonces y que lo doy ahora me hiciste una promesa sagrada?...
Margarita se estremeció.
-¡Ah! Veo que sí lo acuerdas, puesto que así lo estremeces -dijo La Mole.
-Sí, sí, recuerdo la promesa y lo juro por mi alma, Hyacinte, que la cumpliré-afirmó Margarita.
Luego extendió la mano hacia el altar como para tomar a Dios por testigo de su juramento.
El rostro de La Mole se iluminó como si la bóveda de la capilla se hubiese abierto y un celeste rayo hubiera descendido hasta él.
-¡Que vienen! ¡Que vienen! -exclamó el carcelero.
Margarita dio un grito y se precipitó hacia La Mole, pero el temor de redoblar sus dolores la detuvo trémula a cierta distancia.
Enriqueta apoyó sus labios sobre la frente de Coconnas y le dijo:


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