La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.459
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La Mole juntó las manos.
Coconnas y las dos mujeres cambiaron una mirada de indecible terror.
-Vamos, vamos -dijo el carcelero, que había ido hasta la puerta para ver si venía alguien y ya estaba de regreso -. Vamos, no perdáis tiempo, mi querido señor Coconnas; dadme mi puñalada y portao s conmigo como un caballero, porque ya van a venir.
Margarita se había arrodillado junto a La Mole. Parecía una de esas figuras de mármol que se inclinan sobre un sepulcro donde está la estatua yacente del muerto.
-Vamos, amigo mío -dijo Coconnas-. ¡Valor! Yo soy fuerte, lo llevaré en mis brazos, lo colocaré sobre lo caballo o lo llevaré en el mío si no puedes sostenerte solo en la silla; pero partamos de una vez; ya has oído lo que dice este buen hombre; se trata de nuestra vida.
La Mole hizo un esfuerzo sobrehumano, sublime. -Es verdad; se trata de lo vida -dijo, a intentó in corporarse.
Annibal le cogió en sus brazos y le puso de pie. La Mole tan sólo dejó oír una especie de sordo rugido. En el momento en que Coconnas se apartaba de él para ir hacia el carcelero, dejándole sostenido en los brazos de las mujeres, sus piernas flaquearon y, a pesar de los esfuerzos de Margarita, que lloraba sin cesar, cayó como una masa inerte sin poder contener un grito desgarrador que resonó en la bóveda de la capilla con un eco lúgubre que estremeció el aire de las naves por algunos instantes.
-Ya veis -dijo La Mole con acento de angustia-, ya veis, reina mía; dejadme, abandonadme con un último adiós. No he hablado, Margarita; vuestro secreto queda, pues, envuelto en nuestro amor y morirá entero conmigo. Adiós, mi reina, adiós...
Margarita, casi desfalleciente también, rodeó con sus brazos aquella hermosa cabeza a imprimió en ella un casto beso.
-Tú, Annibal -continuó La Mole-, tú que has librado de los dolores, tú que eres joven aún y puedes vivir, huye, huye, amigo mío, y dame el supremo consuelo de saber que estás en libertad.
-¡El tiempo apremia! -exclamó el carcelero-. ¡Daos prisa!
Enriqueta trataba de arrastrar suavemente a Annibal, mientras Margarita, de rodillas al lado de La Mole, con los cabellos sueltos y los ojos anegados en lágrimas, parecía una Magdalena.
-Huye, Annibal -insistió La Mole-, huye, no des a nuestros enemigos la ocasión de gozar del espectáculo de la muerte de dos inocentes.
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