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La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.458

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A una señal del carcelero, los dos ayudantes se alejaron para ir a buscar al sacerdote que Coconnas había solicitado.
Era el momento convenido.
Coconnas siguió con la vista ansiosamente a sus camilleros y no era él sólo quien los miraba.
Apenas desaparecieron cuando, de detrás del altar, se vio salir a dos mujeres que irrumpieron en el coro haciendo grandes demostraciones de alegría y removiendo el aire como el soplo cálido y ruidoso que
precede a la tormenta.
Margarita se precipitó hacia La Mole estrechándo le entre sus brazos.
La Mole profirió un grito terrible, un grito semejante a los que había escuchado Coconnas desde su celda y que estuvieron a punto de volverle loco.
-¡Dios mío! ¿Qué os pasa, La Mole? -dijo Margarita retrocediendo aterrorizada.
La Mole exhaló un profundo gemido y se llevó las manos a los ojos como para no ver a Margarita.
La reina se asustó aún más ante aquel silencio y al ver aquel gesto que al oír el grito de dolor.
-¡Oh! -exclamó-. ¿Qué es lo que tienes? ¡Estás cubierto de sangre!
Coconnas, que se había precipitado hacia el altar, había cogido el puñal y abrazaba en aquel momento a Enriqueta, se volvió.
-Levántate -decía Margarita-, levántate, os lo suplico. ¿No ves que ha llegado el momento?
Una sonrisa espeluznante de tristeza se dibujó en los amoratados labios de La Mole, quien parecía sonreír por última vez.
-¡Mi querida reina! -dijo el joven -. No contasteis con Catalina y por consiguiente olvidasteis sus mañas. Sufrí el tormento, mis huesos están rotos, todo mi cuerpo es una gran llaga y el movimiento que hago en este instante para apoyar mis labios sobre vuestra frente me causa dolores mucho más crueles que la muerte.
En efecto, haciendo un gran esfuerzo y poniéndose aún más pálido de lo que estaba, La Mole besó la frente de la reina.
-¡El tormento! -exclamó Coconnas -. Yo también lo sufrí, ¿acaso el verdugo no hizo por ti lo mismo que por mí?
Coconnas refirió inmediatamente todo cuanto le había sucedido.
-¡Ah! -dijo La Mole-. Ya comprendo; tú le diste la mano el día de nuestra visita; yo en cambio olvidé entonces que todos los hombres somos hermanos y le traté con desdén. Dios me castiga por mi orgullo. ¡Alabado sea su nombre!


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