La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.457
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No olvidéis que para todo el mundo, incluso para mis ayudantes, tenéis rotas las piernas, por lo cual a cada movimiento debéis dar un grito.
-¡Ay! -dijo Coconnas al ver que los dos ayudantes aproximaban la camilla
-¡Vamos! ¡Vamos! ¡Un poco de valor! -dijo Caboche-. Si ahora gritáis, ¿qué será luego
-Mi querido Caboche -dijo Coconnas-, no dejéis que me toquen vuestros acólitos, os lo suplico; es muy
posible que no sepan hacerlo con tanta delicadeza como vos. -Poned la camilla junto al caballete -dijo maese Caboche. Los dos ayudantes obedecieron. Caboche alzó en brazos a Coconnas como si fuese un niño y le dejó
acostado en la camilla. A pesar del cuidado que puso el verdugo en trasladarle, el piamontés dio unos gritos feroces.
Apareció entonces el carcelero con una linterna. -A la capilla-dijo. Quienes conducían a Coconnas se pusieron en camino después de que éste hubo dado al verdugo un segundo apretón de manos. El primero le había resultado tan útil, que no iba a sentir reparos en tan críticos momento s.
XXVIII
LA CAPILLA
El lúgubre cortejo atravesó en medio del más profundo silencio los dos puentes levadizos del castillo y el gran patio donde está la capilla, cuyas vidrieras ligeramente iluminadas dejaban ver los pálidos rostros de los apóstoles vestidos con mantos rojos.
Coconnas aspiraba con fruición el aire de la noche cargado de humedad. Se daba cuenta de la profunda oscuridad reinante y se alegraba de que todas aquellas circunstancias fuesen propicias para su fuga y la de su compañero.
Tuvo que poner a prueba toda su voluntad, su prudencia y el dominio que tenía sobre sí mismo para no saltar de la camilla cuando al entrar en la capilla vio en el coro, a tres pasos del altar, un bulto tendido cubierto por un gran manto blanco.
Era La Mole.
Los dos soldados que escoltaban la camilla se habían quedado fuera.
-Ya que nos conceden la suprema gracia de reunirnos por última vez -dijo Coconnas con desfallecida voz-, llevadme junto a mi amigo...
Como los portadores no habían recibido ninguna orden con traria, no pusieron dificultad en acceder al deseo de Coconnas.
La Mole estaba sombrío y pálido; tenía la cabeza apoyada contra la pared de mármol y sus negros cabe llos, bañados en un abundante sudor que daba a su rostro la blancura mate del marfil, parecían conservar su rigidez después de haberse erizado de espanto.
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