La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.456
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« ¡En buena hora! -se decía Caboche-. He aquí un caballero al que no es preciso repetir dos veces las cosas y que sabe dar trabajo al escribano. ¡Dios mío! ¡Qué hubiera ocurrido si en lugar de ser de cuero las cuñas hubieran sido de made ra!»
En vista de su buen comportamiento durante la confesión, Coconnas fue perdonado de la última cuña del tormento extraordinario, pero sin contar ésta, había soportado ya nueve, lo que era bastante para des hacerle las piernas.
El juez advirtió a Coconnas el favor que se le hacía como premio a sus declaraciones y se retiró
El reo quedóse solo con Caboche
-Vamos, señor mío -le preguntó éste-, ¿cómo os encontráis
-¡Ah, mi buen amigo, mi querido Caboche! -dijo Coconnas-. Puedes estar seguro de que lo agrade ceré
toda la vida lo que acabas de hacer por mí.
-¡Diablo! Tenéis razón, caballero, porque si averiguaran lo que he hecho por vos, me tocaría ocupar vuestro lugar en el caballete y os aseguro que no tendrían conmigo las consideraciones que yo he ten ido hacia vos.
-Pero ¿cómo has tenido la ingeniosa idea...?
-Muy sencillo -dijo Caboche mientras envolvía las piernas de Coconnas con vendas ensangrentadas-, supe que estabais preso, que se tramitaba vuestro pro ceso y que la reina Catalina exigía vuestra muerte. Supuse que os darían tormento y, en consecuencia, tomé mis precauciones.
-¿A riesgo de lo que ocurriese?
-Señor-dijo Caboche-, sois el único caballero que se ha dignado darme la mano, y aunque soy verdugo, o tal vez por eso mismo, tengo buen corazón y no me falta la memoria. Ya veréis cómo mañana cumplo puntualmente mi obligación.
-¿Mañana? -preguntó Coconnas
-Sin duda, mañana
-¿Qué obligación
Caboche miró a Coconnas con asombro
-¿Cómo? ¿Acaso habéis olvidado la sentencia
-¡Ah! Sí, es cierto, la sentencia-dijo Coconnas-, ya no me acordaba
En realidad, Coconnas no había olvidado su condena, pero no pensaba en ella
Pensaba únicamente en la capilla, en el puñal escondido bajo el sagrado paño, en Enriqueta y en la reina,
en la puerta de sacristía y en los dos caballos que esperarían en la entrada del bosque; pensaba en la libertad, en la carrera al aire libre y en la salvación más allá de las fronteras de Francia.
-Ahora -dijo Caboche-, tenéis que pasar hábilmente del caballete a la camilla.
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