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La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.455

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El digno verdugo acababa de pres-
tar a su amigo el mayor servicio que puede hacerse de verdugo a caballero.
Le ahorraba algo más que el dolor; le evitaba la vergüenza de las confesiones. En lugar de hundirle cuñas de encina le hundía cuñas de cuero flexible que tenían sólo de madera la parte superior. Además, le de jaba todas sus fuerzas para que pudiera afrontar el patíbulo .
-¡Oh! Magnífico Caboche -murmuró Coconnas-, tranquilízate, voy a gritar, ya que así me lo pides, y lo aseguro que quedarás contento. Entre tanto, Caboche había introducido entre las planchas el extremo de una cuña más gruesa aún que la
anterior. -¡Adelante! -ordenó el juez. Oída la orden, Caboche dio otro golpe tan fuerte como si hubiera querido demoler el castillo de Vin ­
cennes. -¡Ah! ¡Ah! ¡Hu! ¡Hu! -gritó Coconnas con la más variada entonación -. ¡Rayos y truenos! Tened cuidado,
que me vais a romper lo s huesos. -¡Ah! -dijo el juez sonriendo-. La segunda hace su efecto; ya me extrañaba. Coconnas resopló como un fuelle de fragua. =¿Qué hacíais en el bosque? -repitió el juez. -¡Eh! ¡Voto al diablo! Ya os he dicho; tomaba el fresco. -Continuad-dijo el juez. -Confesad -le deslizó Caboche al oído. -¿El qué? -Todo lo que se os, ocurra, pero decid algo. -Y le dio otro golpe no menos fuerte que los anteriores. Coconnas creyó ahogarse a fuerza de gritar. -¡Oh! ¡Oh! ¡Ah! ¡Ay! ¿Qué deseáis saber, señor? ¿Por orden de quién estaba en el bosque? -Sí.
-Por orden del duque de Alençon
-Escribid -dijo el juez
-Si cometí un crimen tendiendo un lazo al rey de Navarra -continuó Coconnas-, yo no fui más que un
instrumento, señor, pues me limitaba a obedecer a mi amo. El escribano se puso a transcribir las palabras del condenado. -¡Oh! Me delataste, paliducho infecto -murmuró Coconnas-. ¡Espera! ¡Ya verás! Luego de proferir estas exclamaciones refirió la visita de Francisco al rey de Navarra, las entrevistas
entre De Mouy y Alençon, y la historia de la capa color cereza, sin olvidar que debía gritar cada vez que el verdugo golpeaba las cuñas.
Dio tantos informes precisos, verídicos, rotundos y terribles contra el duque de Alençon... fingió tan bien que sólo confesaba obligado por la violencia de los do lores; hizo tantas muecas, rugió, se quejó tan natural-mente y con tan diferentes entonaciones, que el mismo juez acabó por asustarse ante la obligación en que se veía de registrar detalles tan comprometedores para un príncipe de la familia real.


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