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La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.454

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Un doloroso asombro se dibujó en el semblante de
Coconnas, quien, en lugar de gritar y moverse, quedóse inmóvil sin poder apartar los ojos del rostro de aquel olvidado amigo que reaparecía en semejante ocasión.
Caboche, sin mover un solo músculo de su cara y sin dar la menor señal de haber visto a Coconnas ante­riormente, le introdujo dos planchas entre las piernas, le puso otras dos iguales por la parte de fuera y ase­guró unas con otras con la cuerda que llevaba en la mano.
Para el tormento ordinario se introducían seis cuñas entre las dos planchas de modo que al separarse éstas
trituraban las carnes. En el tormento extraordinario se hundían diez, y entonces las planchas llegaban a quebrar los huesos. Tan ingenioso sistema recibía el nombre de «tormento de los borceguíes». Una vez terminada la operación preliminar, maese Caboche introdujo la punta de una cuña entre las dos
planchas; luego , empuñando su mazo y poniendo una rodilla en tierra, miró al juez. -¿Tiene algo que decir el condenado? -No-respondió Coconnas resueltamente, pese a que sentía correr el sudor por su frente y notaba cómo se
le erizaban los cabellos. -En ese caso, adelante -dijo el juez- primera cuña del ordinario. Caboche levantó el brazo armado con una pesada maza y asestó un golpe terrible sobre la cuña, produ­
ciendo un sonido grave. El caballete tembló. Coconnas no dejó escapar la más ligera queja y eso que aquella cuña hacía gemir por lo general a los más
resueltos. Más aún; la única expresión que se pintó en su rostro fue la de un indecible asombro. Miró con ojos estu­
pefactos a Caboche, que con el brazo en alto y atento a la orden del juez se disponía a repetir el golpe. -¿Cuál fue vuestra intención al ocultaros en el bosque? -preguntó el juez. -Tumbarnos a la sombra -respondió Coconnas. -Seguid -dijo el juez. Caboche dio un segundo mazazo, que produjo el mismo sonido que el anterior. Coconnas no pestañeó tan
siquiera y siguió mirando al verdugo con la misma expresión de asombro. El juez frunció el ceño. -¡Vaya un cristiano duro! -murmuró-. ¿Entró la cuña hasta el fondo, maese? Caboche se inclinó como para examinarla y al hacerlo le dijo en voz baja a Coconnas: -¡Gritad, desdichado! Y levantándose añadió: -Hasta el fondo, señor. Las dos palabras de Caboche explicaron todo el misterio a Coconnas.


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