La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.453
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Aquella tortura suponía para Coconnas la pérdida total de sus esperanzas; no sería llevado a la capilla sino después de la tortura y eran muy pocos los que sobrevivían a ella. Más aún; cuanto más valiente y fuerte era la víctima, más segura era su muerte, pues se consideraba como una cobardía el confesar, y mientras no se confesaba, la tortura proseguía cada vez con mayor crueldad.
El juez no se tomó la molestia de responder a Co connas, pues la última parte de la sentencia era lo bastante expresiva como para satisfacer cualquier curiosidad por parte de la víctima, de modo que continuó la lectura:
-«Con el objeto de obligarle a delatar a sus cóm plices y de que confiese en todos sus detalles sus planes y maquinaciones...»
-¡Voto al diablo! -exclamó Coconnas-. ¡Esto es lo que se llama una infamia! Más aún; esto es lo que yo llamo una cobardía.
Acostumbrado a la indignación de los reos, indignación que el sufrimiento apacigua convirtiéndose en lágrimas, el juez, impasible, no hizo más que un gesto para avisar a sus subordinados.
Coconnas fue levantado por los pies y por los hombros y atado sobre el lecho del tormento antes de que hubiese tenido tiempo de v er a quienes cometían con él tamaña violencia.
-¡Miserables! -vociferaba Coconnas, sacudiendo en el paroxismo de su cólera el caballete sobre el que se hallaba tendido, de tal manera que hizo retroceder a los mismos verdugos-. ¡Miserables! ¡Torturadme, matadme, hacedme pedazos, pero nada sabréis, os lo juro! ¡Ah! ¿Creéis que con trozos de madera o de hierro haréis hablar a un hombre como yo? ¡Probad: os desafío!
-Disponeos a escribir-ordenó el juez al notario.
-¡Sí, prepárate! -aulló Coconnas-. Y si pien sas escribir lo que salga de mi boca, infame verdugo, tendrás para rato. Escribe, escribe...
-¿Queréis hacer alguna revelación? -dijo el juez sin inmutarse.
-¡Ninguna! ¡No diré ni una sola palabra! ¡Idos al diablo!
-Podéis reflexionar durante los preparat ivos, señor. Vamos, maestro, ajustadle los borceguíes a este señor.
Al oír estas palabras, el hombre que había permanecido hasta entonces de pie a inmóvil con las cuerdas en la mano, se apartó de la columna y, andando lentamente, se aproximó a Coconnas, quien, por su parte, volvió hacia él la cabeza para insultarle.
Era maese Caboche, el verdugo de la ciudad de París.
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