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La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.451

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Pero de repente se abrió la puerta y la celda se iluminó al resplandor de dos antorchas.
-Venid, caballero -dijo la misma voz gangosa que tan desagradable le había parecido antes y que no porque ahora sonase tres pisos más abajo había adqui rido el encanto que le faltaba-. Venid, señor, el tribu ­nal os espera.
-Bueno -dijo Coconnas soltando la argolla-, voy a escuchar mi sentencia, ¿no es cierto?
-Sí, señor.
-¡Oh! Respiro; vayamos -dijo.
Y siguió al alguacil, que marchaba delante con paso acompasado y llevando en la mano su negra vara.
A pesar de la satisfacción que había demostrado en un principio, Coconnas lanzaba al andar una mirada inquieta a derecha a izquierda, hacia delante y hacia atrás.
-¡Oh! ¡Oh! -murmuró-. No veo a mi digno carcelero; confieso que me extraña que no esté aquí.
Entraron en la sala que acababan de dejar los jueces y donde se hallaba tan sólo un hombre de pie, en quien Coconnas reconoció al procurador general, que había tomado la palabra varias veces en el curso del interrogatorio con una marcada animosidad en contra suya.
En efecto, era el hombre a quien Catalina, ya por carta o de viva voz, había indicado cuál era la marcha que debía seguir el proceso.
Por el hueco que dejaba una cortina descorrida podía verse aquella habitación, cuyas profundidades se perdían en la oscuridad y cuyas partes iluminadas presentaban un aspecto tan terrible que Coconnas sintió que le flaqueaban las piernas.
-¡Oh! ¡Dios mío! -exclamó.
No le faltaba razón para asustarse.
El espectáculo era en verdad de los más lúgubres que pueden ofrecerse a la vista.. La sala oculta durante el interrogatorio por aquella cortina ahora descorrida parecía el vestíbulo del infierno.
En primer término se veía un caba llete de madera con cuerdas, poleas y otros accesorios de tortura. Más allá ardía un brasero cuyas rojizas llamas se reflejaban sobre todos los objetos cercanos, haciendo aún más sombría la silueta de los que se hallaban entre Coconnas y el fuego. Apoyado contra una de las columnas que sostenía la bóveda, un hombre, inmóvil como una estatua, permanecía de pie con una cuerda en la mano. Se hubiera dicho que era de la misma piedra que la columna so bre la que se recostaba. Encima de los bancos y entre las gruesas argollas colgaban de la pared cadenas y relucientes cuchillos.


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