La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.450
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-Me parece -se dijo - que esto se está poniendo muy feo y que sería hora de ir un rato a la capilla. Desconfío de las sentencias de muerte y no cabe duda de que en estos momentos nos están condenando. Desconfío sobre todo de las sentencias de muerte pronunciadas dentro del hermético recinto de una fortaleza, ante rostros tan desagradables como todos los que me rodeaban. Me parece que han tomado en serio esto de cortarnos la cabeza... ¡Hum! ¡Hum! Repito lo que acabo de decir: me parece que ha llegado el momento de ir a la capilla.
Estas palabras, pronunciadas a media voz, fueron seguidas de un silencio y este silencio fue interrumpido por un gemido sordo, ahogado y lúgubre, que no tenía nada de humano y Blue pareció atravesar el grueso muro a hizo vibrar el hierro de la reja.
Coconnas se estremeció a su pesar, no obstante ser un hombre tan valiente que el valor en él se asemejaba al instinto de las fieras. Se quedó inmóvil, dudando de que aquella queja perteneciera a un ser humano y tomándola más bien por el gemido del viento entre los árboles o por uno de los mil rumores nocturnos que parecen descender o subir de los dos mundos desconocidos entre los que está situado el nuestro. Pero un segundo lamento más doloroso, más profundo y más agudo aún que el primero llegó a oídos de Coconnas, que esta vez no sólo distinguió positivamente la expresión de dolor de una voz humana, sino que creyó reco nocer en esta voz a la de su amigo La Mole..
Al oír aquella voz, el piamontés olvidó que le separaban de su amigo dos puertas, tres rejas y un muro de doce pies de espesor. Se lanzó con todo su peso contra esta pared como para derribarla y volar en auxilio de la víctima, gritando:
-¿Están degollando a alguien aquí?
En su camino tropezó con el muro en el que no había pensado y cayó tendido, a consecuencia del choque, sobre un banco de piedra. Allí acabó todo.
-¡Oh! ¡Le han matado! -murmuró para sí-. ¡Esto es abominable!... ¡Y no poderse defender..., no tener armas...!
Extendiendo los brazos como si buscase algo, exclamó:
-¡Ah! ¡Esta argolla de hierro! ¡La arrancaré, y desgraciado el que se me acerque!
Coconnas se levantó de un salto, agarró la argolla y la sacudió de tal manera que era de creer que no resistiría otras dos sacudidas de semejante violencia.
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