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La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.448

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Página 448 de 497


-Escribid que el acusado confiesa que se hizo en casa de Renato un sortilegio contra la vida del rey. -¿Cómo? ¿Contra la vida del rey? Ésta es una in fame mentira. ¡Jamás hicimos tal cosa! -Ya lo veis, señores -dijo La Mole. -¡Silencio! -ordenó el presidente. Luego, dirigiéndose al escribano: -Contra la vida del rey -repitió-, ¿estamos? -Yo no he dicho eso -añadió Coconnas- y, por otra parte, esta estatuita no representa a un hombre, sino a
una mujer. -¿Qué os dije yo, señores? -volvió a interrumpir La Mole. -Señor de La Mole -respondió el presidente-, responderéis cuando se os interrogue; pero no habléis
cuando nadie os pregunta nada. -¿De modo que decís que es una mujer? -Sí. -¿Y por qué tiene entonces una corona y un manto real? -¡Pardiez! -dijo Coconnas-. Es muy sencillo, porque es... La Mole se levantó llevándose un dedo a los labios. -Perfectamente -dijo Coconnas-, nada de lo que iba a decir incumbe a este tribunal. -¿Pero persistís, sin embargo, en declarar que esta estatua representa a una mujer? -Sí. -Lo que no quita para que vos os neguéis a decir quién es esta mujer. -Se trata de una mujer de mi país -dijo La Mole-, a quien amaba y por quien deseaba ser amado. -No es a vos a quien se pregunta, señor de La Mole -gritó el presidente-, y una vez más os recomiendo
silencio, pues de lo contrario seréis amordazado. -¡Amordazado! -exclamó Coconnas-. ¿Cómo os atrevéis a decir semejante cosa, señor de la toga negra?
¡Amordazar a mi amigo!... ¡A un gentilhombre! ¡Vamos, vamos!... -Haced entrar a Renato -dijo el procurador ge neral Laguesle. -Sí, hacedle entrar -dijo Coconnas-, y así veremos quién tiene razón, si vosotros tres o nosotros dos. Ninguno de los dos amigos hubiera reconocido a Renato en aquel hombre pálido y envejecido que entró
encorvado bajo el peso del crimen que iba a cometer, más que por la pesadumbre de los ya cometidos. -Maese Renato -preguntó el juez-, ¿reconocéis a los dos acusados aquí presentes? -Sí, señor -respondió Renato, con una voz velada por la emoción. -¿Dónde los habéis visto? -En varios sitios y especialmente en mi casa. -¿Cuántas veces estuvieron en vuestra casa? -Una sola. A medida que hablaba el florentino, se ensanchaba el semblante de Coconnas. El rostro de La Mole per­
manecía por el contrario serio, cual si el joven hubiera tenido algún presentimiento.


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