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La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.446

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-¿Qué quiere decir este siniestro aparato? -preguntó a media voz-. ¿Adónde vamos? El carcelero sólo respondió con un suspiro que resultó bastante tétrico.
-¡Voto al diablo! -murmuró Coconnas-. ¡Qué existencia tan endemoniada! Siempre en los extremos; o se sumerge uno a cien pies de profundidad o vuela por encima de las nubes; no hay término medio, el caso es no pisar nunca tierra firme. Veamos, ¿adónde me llevan?
-Seguid a los alabarderos, señor -contestó una voz gangosa que hizo comprender a Coconnas que había
otra persona además de los soldados. -¿Y el señor de La Mole? -preguntó-. ¿Dónde está? ¿Qué ha sido de él? -Seguid a los alabarderos -repitió la voz en el mismo tono. Era preciso obedecer. Coconnas salió de su celda y vio al hombre cuya voz le resultara tan desagradable.
Tratábase de un escribano jorobado que sin duda había adoptado la toga para que no se le notase que era
patizambo. Bajaron lentamente la escalera de caracol. Al llegar al primer piso, los guardias se detuvieron. -Es mucho bajar -dijo Coconnas-, pero nunca es lo bastante. Abrió se la puerta. Coconnas tenía ojos de lince y olfato de sabueso. Presintió a los jueces y vio en la
sombra una silueta de hombre, con los brazos desnudos, que le hizo correr el sudor por la frente. Sin em­bargo, adoptó una expresión amable, inclinó la cabe za hacia la izquierda según el código de buenas maneras de la época y, con la mano en el cinturón, entró en la sala.
Levantaron un tapiz y Coconnas descubrió en efecto a los jueces y escribanos
A pocos pasos de ellos estaba La Mole sentado en un banco
Coconnas fue conducido ante el tribunal. Al hallarse en presencia de los jueces saludó a La Mole con un
movimiento de cabeza y una sonrisa y esperó. -¿Cuál es vuestro nombre, señor? -le preguntó el presidente. -Marco Annibal de Coconnas-respondió el gentilhombre con perfecta naturalidad -, conde de Mont­
pantier, Chenaux y otros lugares; pero presumo que ya sabéis quién soy. -¿Dónde habéis nacido? --En Saint-Colomban, cerca de Suze. -¿Qué edad tenéis? -Veintisiete años y tres meses. -Está bien -dijo el presidente. -Parece que esto le ha gustado r--murmuró Co connas. -Ahora ---continuó el presidente tras un silencio que permitió al escribano anotar las respuestas del acu­
sado-, decidme cuál era vuestro propósito al abando nar el servicio del duque de Alençon.


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